VIVENCIAS COFRADES

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PREGÓN 2019

POR ANTONIO MORILLAS LERÍA

PARROQUIA DE NUESTRA SEÑORA DE LA ENCARNACIÓN.

A mi querida Hermandad de la Virgen del Amor y San Juan Evangelista, de la que tanto he
aprendido y en la que, sin ser mi Cofradía, tantas cosas he vivido y tantas buenas personas he
conocido. Mi más sincero agradecimiento por confiar en mí para pregonar la Semana Santa de
mi pueblo.
A todos los que me han inculcado el amor por Álora, por su Parroquia y por su Semana Grande.
A todos los que de una u otra forma me han hecho sentir mi túnica morada y me han
enseñado lo que significa vestirla. A quienes me enseñaron a querer a Jesús de las Torres.
Al hombre que me enseñó a querer como quiero a mi Señor de las Torres, Juan Guerrero
Durán, Juanito.
A mi familia.
A mis hermanos Juan y José Carlos.
A la más pura mirada de Esperanza.
A Ana Mari +
-«Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.
Al principio estaba junto a Dios.
Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de
todo lo que existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las
tinieblas, y las tinieblas no la recibieron.
Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para
dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino el
testigo de la luz.
-La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre.
Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció.
Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen
en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre,
sino que fueron engendrados por Dios. Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y
nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y
de verdad.
Juan da testimonio de él, al declarar: «Este es aquel del que yo dije: El que viene
después de mí me ha precedido, porque existía antes que yo».
De su plenitud, todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre
gracia: porque la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado
por Jesucristo.
- Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que es Dios y está
en el seno del Padre»
Juan, capitulo 1.1-18.
Con la Venia de SU DIVINA MAJESTAD; presente siempre en el Sagrario.
-Reverendo Juan de Jesús Báez, Cura Párroco De Nuestra Señora de la Encarnación.
-Señor don José Sánchez Moreno, Alcalde de Álora y señores concejales de la
Corporación Municipal.
-Hermana Mayor y Junta de Gobierno de la Hermandad de la Virgen del Amor y San
Juan Evangelista.
-Hermanos Mayores de las Hermandades y Cofradías de Pasión y Gloria de nuestro
pueblo.
-Pregoneros de la Semana Santa de Álora que me precedisteis en este ambón.
-Autoridades civiles, cofrades, vecinos, familia, amigos todos.
-AGRADECIMIENTOCinco
de octubre de 2018, la tarde está dejando paso a la noche cuando en mi teléfono
recibo un mensaje. Marigracia me dice que quiere verme, que baje a la carpintería, que está
allí y tiene que decirme algo ¿qué traerán entre manos? Me salgo de la conversación en la que
estaba. Mi mente se pone a dar vueltas y la curiosidad puede más que yo y me voy. Las
preguntas no paran de asaltarme en todo el trayecto por la calle Atrás.
Llego. Trasiego de montaje, preparativos y nervios. Mañana toda la hermandad está
manos a la obra, que hay que abrir la tasca en las sopas. ¡Ya está! Quiere que mañana le eche
una mano…
- Antonio ven, que Paco te va a decir una cosa…
Entramos en el despacho, Marigracia se calla, solo mira expectante, con cara de ilusión. A
Lucía y Javier se les escapan unas sonrisitas… Algo pasa. Paco toma la palabra, no recuerdo lo
que dijo, pero son varios minutos de exposición que terminan con una frase: «Antonio,
queremos que seas pregonero».
Reacción de Antonio: silencio.
Al momento mi cabeza comienza a negar. Me parecía que me había caído encima cada una
de las piedras de este portentoso templo en el que hoy estamos.
¿Qué digo? ¿Qué hago? No tengo edad ni bagaje suficiente para pregonar mi Semana
Santa. ¿Y si no estoy a la altura de los que me precedieron? ¿Y si no estoy a la altura de este
encargo? ¿Y si la cobardía me hace aceptar un encargo demasiado grande para mí? Cientos
son los miedos y dudas que me asaltan, pero las palabras de mi amigo José Carlos me calman:
«Antoñito, ¿Qué no eres capaz? Anda anda… Además, el pregón llega cuando llega. Adelante,
que yo estoy contigo».
Al escribir estas primeras letras, sólo sabe de este encargo una persona, que me aconseja
con estas palabras: «Simple. Sinceridad, abre tu corazón y déjate llevar por tus sentimientos».
Pues bien María, te hago caso. Me pongo a ello, pero a veces es demasiado difícil ser sincero.
Muchas veces han sido las que me he enfrentado a un papel en blanco y tras varios minutos,
las palabras comienzan a plasmarse en él, pero esta es, hasta la fecha y sin lugar a dudas, la
batalla más complicada… ¿Cómo hablar de algo tan grande?
Muchas gracias por tus palabras querido Tomi.
Siempre recordaré la noche en la que presentaste el cartel y la revista de nuestra
Hermandad en una de aquellas memorables cenas en las columnas. Tu discurso, divertido al
principio pero riguroso y sentido conforme avanzaba la alocución, se quedó clavado en mi
memoria. Con el paso de los años, aquella presentación junto a otros discursos de destacados
oradores de nuestro pueblo, fueron sentado las bases de mi manera de hablar en público.
Aquella noche en las columnas, compartía mesa con Dolorcita, Lina y Manolo, aquella
noche, pues, coincidieron tres hermandades, San Juan, Jesús y la Virgen de Flores y el tiempo
ha querido que hoy vuelvan a coincidir, pero en otras circunstancias. ¿Quién me iba a decir a
mí, Tomi, que casi quince más tarde ibas a presentarme como Pregonero de la Semana Santa
de nuestro pueblo? ¿Y quién me iba a decir a mí, que casi quince años más tarde, ibas a ser tú,
Lina, quien me impondría la medalla de Hermano Mayor de la Hermandad de la Virgen de
Flores? La de vueltas que da la vida…
Quiero dar también las gracias a mi querida Hermandad de San Juan, por el privilegio
con que me ha distinguido esta tarde noche. Pregonar la Semana Santa de su pueblo es uno
de los orgullos más grandes que un cofrade puede atesorar en su corazón. Esta noche habéis
hecho que mi terno de honores cofrades se complete. Gracias Marigracia y gracias Paco, por
pensar en mí y por vuestra comprensión sin límites demostrada en aquella, ya lejana tarde de
octubre, en la que me encerrasteis en el despacho de la carpintería del Cipo y no me dejasteis
salir hasta que no dije sí.
INTRODUCCIÓN
Trigésimo tercer Pregón de la Semana Santa de Álora. Treinta y tres, la edad de Cristo.
Año, 2019, año en el que además de cumplirse veinte años de la primera vez que subí al trono
del Señor, un servidor cumplirá, si Dios quiere, treinta y tres años. ¿Casualidad? ¿Destino?
¡Sólo Dios lo sabe!
Soy un joven cofrade con el espíritu de un niño, que se llena de la misma ilusión ante lo
que va a venir, cada vez que gira la llave de la hornacina del Señor de las Torres. Un cofrade
que desde muy pequeño ya mostró interés por todo lo que suponía ese mundo que era la
Semana Santa y que me hizo con el paso de los años, forjar buenas amistades con cofrades de
este pueblo, sin importar nunca la túnica que vistieran.
Alguien, que desde muy chico, se enamoró de la Semana de Pasión. Lo primero que
viene a mi mente cuando pienso en Semana Santa son los recuerdos de un niño nazareno, un
niño que vibraba de ilusión cada mañana de domingo de ramos cuando esperaba con ansia, y
estrenando ropita, por miedo a aquello de quedarse sin manos, la aparición por la curva de la
Balita de la icónica imagen de los plumeros blancos en los cascos de la banda del Real Cuerpo
de Bomberos de Málaga, que por aquellos años acompañaba la procesión de la Pollinica, y que
marcó un imborrable recuerdo en los corazones de toda una generación. Recuerdos de
campos cubiertos de azahar, como si se tratara de una sábana blanca tendida sobre un árbol,
que impregnaba el ambiente del olor más característico de la primavera en esta orilla del
Guadalhorce.
Estas fechas son para mí, el recuerdo de horas de conversación telefónica con mi
amigo José, que siempre empezaban con un: «Qué poquito quéa»” seguidas de una exaltación
de la luz de la tarde de primavera y en la que hablábamos de planes para los días previos, de
qué achacar en el colegio para saltarnos literalmente la semana anterior a las vacaciones y de
cuando íbamos a limpiar la cruz del Señor… Con los años, los planes fueron creciendo y
empezamos a coger el tren cada Viernes de Dolores para marcarnos nuestro particular
recorrido por cofradías malagueñas en las que fuimos conociendo estancias y secretos gracias
a, creo yo, la gracia y ternura que provocaban dos muchachos de Álora que tanto sabían de la
Hermandad a la que entraban. Y esta ternura nos otorgó grandes privilegios para un niño,
como por ejemplo girar los arbotantes de la Paloma, conocer de arriba abajo la casa
hermandad de la Esperanza o subirnos al trono ya casi preparado de la Virgen de los Dolores
de la Expiración.
Estas charlas telefónicas fueron tal vez, el preludio de una gran aventura que
emprendimos de la mano de nuestro amigo David, cuando a través de las ondas de Radio
Álora, llevamos la semana santa a muchos hogares perotes con nuestro programa: «Álora de
Pasión». Tardes de entrevistas con representantes de todas las hermandades y tertulias sobre
los más variados temas: los oficios y artesanías relacionadas con la semana de Pasión, cortejos
y enseres procesionales. Y uno de los temas más potentes: la música en la Semana Santa. En
un programa hecho por músicos…ya se sabe.
La semana santa de mi ayer son recuerdos de una túnica colgada de la baranda de la
casa con su medalla y cordones al cuello, papeles de estraza y plancha para quitar ese
interminable río de cera que bajaba por la trasera de la túnica y que cubría hasta las mangas.
Una cosa realmente inexplicable…y decenas de guantes, entre los que claro está, era imposible
encontrar una pareja en condiciones, porque uno estaba manchao’, otro tenía uno de los
dedos quemados por una vela, el otro empezaba a deshilacharse… cosas de niño al fin y al
cabo.
Recuerdo también el cetro que con esmero me hizo Antonio Lobato por encargo de mi
tía Babi, con una barra cromada. Tenía hasta sus tres macollitas y como remate, una medalla
de la Hermandad. ¡Con lo simple que era, y a mí me parecía que me lo había hecho el mejor de
los orfebres! Y con él en la mano es como recuerdo mis primeras procesiones acompañando al
Señor en su bajada por la calle Ancha, junto a mis tías, con quienes también asistía muy de
niño a las reuniones en el salón de actos de la casa de la cultura o en el bar de Bernabé. Allí me
sentía no sé si un privilegiado, o alguien importante…no sé explicarlo bien ni a día de hoy.
Imaginen un niño de seis o siete años en la reunión en la que se preparaba hasta el último
detalle de la procesión del Señor, lo que más me gustaba del mundo.
La semana santa es rememorar nervios y carreras por la casa en los días previos al
Jueves Santo. El color de la mañana cuando bajaba la escalera y, hoy aquí lo confieso, la tila
que mi abuela compraba en el estanco de Pablito y me dejaba preparada en una olla en la
cocina y a la que yo iba de vez en cuando y me echaba un vasito para ver si así, «se me
aplacaban los nervios».
Vienen a mi mente también los recuerdos de tronos hechos con cajas de cartón y
adornados con yerbabonita que cada sábado me traía de la Vega. Mis tronos paseaban un
cartel de semana santa por la imprenta de Lería, y a veces, hasta ampliaba el recorrido
llegando a la botica. ¡Ay! la imprenta…esa tienda en la que crecí, jugué y en la que ojeaba
apasionado las revistas de Dolores y Jesús. Allí también maquinaban mis tíos cómo gastarme
una broma, cada día, dicho sea de paso, más elaborada.
Como la que un día, siendo aún muy niño. Me llamaron con gran ceremoniosidad al
último cuarto de la trastienda, me hicieron sentarme en una caja de folios marca Navigator y
empezaron a comentarme que había salido una oferta… ¡grandiosa!:
-¡Disneyland París! ¡Una semana! ¡Baratísimo!
-Qué ilusión más grande dije yo
-Pero pasa una cosa
-¿Qué?
-Que es en Semana Santa
Mi respuesta no pudo ser más clara
-Po irse ustedes, que yo me quedo aquí…
Gran parte de mi vida está entre los muros de aquella tienda, que presidían cuatro
cuadros: uno enmarcaba una añeja estampa de la Virgen de Flores, la que siempre presidió esa
casa; el segundo, como no podía ser de otra manera, la imagen de la Virgen de los Dolores, la
devoción de mis abuelos y mis tíos Juan y Rafael. El tercer cuadro era uno del Señor de las
Torres con una placa dedicada de la Hermandad. Recuerdo perfectamente, como si fuera ayer,
el día en que Paco Lucas (padre) se lo entregó a mi abuela en una cena en las Columnas y la
emoción con la que ella volvió a la mesa.
Y el cuarto cuadro llegó por desgracia demasiado pronto y era el que recordaba a mi
abuelo Sebastián. Aparecía sosteniendo un periódico sentado en una butaca blanca en La
Vega, donde tanto jugué con él. Mi abuelo fue el alma de aquella tienda que no era sólo un
negocio, sino que se convirtió también en centro de tertulias de toda clase y que yo, como
buen aprendiz, empecé a explotar como tal, con conversaciones de niños al principio, que
fueron cogiendo cuerpo y solidez cuando el tema favorito quedó claro: la Semana Santa.
Al principio éramos tres los tertulianos: José Carlos, el que a ustedes se dirige y un libro
encuadernado en duras pastas de cartón. Su portada contenía una ilustración que era la
fotografía desenfocada de un cirial ante un trono y en el que rezaba como título: Pasión del
Sur. Aquel libro que regalaba por entregas el diario malagueño se convirtió en una especie de
enciclopedia, que nos aprendimos de punta a cabo. Luego se sumó a la tertulia el cuarto
ponente, Juan, y de las palabras, pasamos a los hechos, porque ya teníamos edad de empezar
a actuar. Y porque, dicho sea de paso, Juan es más de hechos que de palabras. Dejamos en la
estantería aquel libro. Seguíamos por tanto siendo tres. Bueno, mejor dicho, seguimos siendo
tres. ¡Y qué peligro de tres!
Pero el niño fue creciendo y poco a poco se fue interesando más por este mundo, ya
no se conformaba con ver pasar las procesiones desde el balcón, porque veía como todo su
entorno tenía algún compromiso con alguna hermandad. Mi abuela y tíos eran parte de la
junta de gobierno de Dolores, mis tías Babi y Conchi, de la del Señor, María Vila cosía capirotes
como si no hubiera un mañana, Joaquín se esmeraba en captar el mejor momento de cada
procesión para dejar como legado un envidiable archivo gráfico y tito Papu además de llevar el
trono del Señor, maquinaba en su mente algo muy grande que hoy es una realidad que se
palpa y saborea cada Domingo de Ramos, cuando el Señor de la Columna sale a la calle.
Viendo este percal, Antoñito quería más y de mero espectador de procesiones pasó a
pasear por las naves de la iglesia viendo cómo se montaban los tronos, cómo se colocaban las
flores o cómo se le daban los últimos retoques a la vestimenta de la Virgen o de San Juan, que
por aquellos años procesionaba solo. Pero fue una mañana de jueves santo la que más me
caló. Después de haber visto los tronos de la iglesia con mi tío Rafael, subimos a las torres,
donde daban los últimos retoques a los tronos del Señor y del Cristo de los Estudiantes. Allí
estaba un hombre mayor, que yo había visto el día antes cuando subí con mi prima Ana,
acompañando a su abuelo Salvador para vestir al Señor. Este hombre que andaba subido en un
trono se dirigió a mí en tono afable pidiéndome que subiera a ayudarle a atar unos cordones
que pendían bajo la túnica bordada del Señor. Ese hombre no era otro que Juanito.
Llegué a mi casa loquito de contento por lo que había hecho y se lo conté a mi abuela,
ella me explicó quién era ese hombre y a lo que se dedicaba. Pasé el resto de semana muy
contento por haberme acercado tanto al Señor y he aquí que al poco tiempo se formó uno de
los recuerdos más importantes y agradables de cuantos atesoro de mi niñez y juventud,
porque a aquel momento se debe todo lo que soy hoy como cofrade. Una fresca mañana de
abril o mayo del noventa y ocho, mientras estaba sentado con mi abuela en la plaza un
domingo, pasó por la acera aquel hombre que me había invitado a subir al trono. Al verlo, mi
abuela me animó a ir a saludarlo, lo que hice tímidamente. Juan pronto me reconoció y tras
preguntarme qué tal estaba me dijo:
-El año que viene no vayas a hacer planes para la Semana Santa, que te quiero ver por las
Torres, eh.
-Allí estaré, le dije.
Y desde entonces no nos hemos vuelto a separar. Sólo él sabrá las veces que ha
pegado con una moneda de veinte duros en la cerradura de chapa de la antigua puerta de
cristal de la papelería para que yo bajara y así enfilar juntos la calle del Carril para subir a las
Torres. Eso sí, con parada obligada en El Mocho para tomarnos un sombrita bien caliente.
La escena de los dos juntos llamaba la atención de todos los que al paso nos salían.
-¿Quién es este niño Juan?
-Es Antoñito, el nieto de Francisca la de la imprenta, que se ha venío a echarme una mano.
Y de esta respuesta he de contar, a modo de anécdota, que es de donde viene el que se me
conozca en toda Álora por mi segundo apellido. Antoñito el de la imprenta de Lería, Antoñito
el de Lería, y al cabo de los años…Antoñito Lería.
Historias aparte, Juan me enseñó que lo más importante en todo lo que uno haga, es la
humildad. Me enseñó a querer al Señor como lo quiero y a hablar con Él y con la Virgen de las
Ánimas y la de Flores con un respetuoso tú a tú. A querer y respetar a todas las Sagradas
Imágenes a las que Álora rinde devoción. De Juan conocí la vida de nuestra Parroquia y donde
estaba cada cosa en este templo. Me enseñó cómo debe vestirse un altar, o guardarse la
Custodia y que el primer ramo de flores que se coge en la iglesia es siempre para el Santísimo y
que hagamos lo que hagamos en este templo o en cualquier otro, siempre hay que darle un
repasito al Sagrario para que luzca como lo que merece. Y es que… solo allí está el Señor.
Me habló y me habla de antiguos albaceas y de hermanos mayores cuyos nombres
merecen ser escritos en oro. De historias de Antonio Aurora, Manolo Morales, Pepe el Perdío y
Paco Lucas, de coches llenos de claveles y de improvisados tinglaos. Me habló de históricos
cofrades de nuestro pueblo que lucharon en tiempos difíciles para que todas las cofradías que
hoy conocemos llegaran a ser lo que son.
Juan me repite que soy un Jesuita con mucho mérito, porque me he criado entre
dolorosos.
Entre otras muchas vivencias junto a Juan, recuerdo una estrecha habitación que
contenía una enorme arca en la que se guardaban túnicas y estandartes y todo el ajuar del
Señor y que abríamos cada semana santa. Él sacaba prendas y yo las iba cogiendo. Hoy hemos
cambiado los papeles… y el cuarto.
-Antoñito, que no se te olvide na’, yo te voy a esperar aquí, tráete la túnica buena y
una cinta pa’ los cordones.
Pero la más importante, Juanito me enseña cada día a ser y a sentir lo que él es y lo
que se ha convertido en la mayor de mis ilusiones: ser Albacea de Jesús.
Todos estos recuerdos en el tiempo y en mi ser han sido los que han forjado mi
carácter y el trabajo que desempeño dentro de la semana santa: el de Albacea. Figura a la que
admiro y quiero, sea de la hermandad que sea. Porque es la que he vivido casi toda mi vida.
Una figura de otras hermandades con la que comparto impresiones, ideas, trucos y
mañas sobre un trono, un bordado o una Sagrada Imagen. Una imagen que reivindico y
ensalzo en cada conversación que puedo y un modo de ver la Semana Santa muy diferente al
resto de los que en ella participan, tanto desde dentro como desde fuera de una cofradía.
Y es desde este sentir tan particular, desde el que voy a ensalzar la Semana Santa de
Álora. Quiero hablarles esta noche desde el interior de un trono, desde lo más íntimo. Desde el
antes, el durante y el después de cualquier salida Procesional, en la que el albacea ve a su
Cristo o a su Virgen desde la calle, por supuesto, pero llegado el momento se cuela bajo el
trono para comprobar que todo está ajustado y en sus sitio, que ni un solo tornillo se ha
aflojado y que todo se mantiene firme.
La nuestra no es una Semana Santa al uso. Es una semana santa de tronos, sí, pero
vistos desde dentro, de complicados laberintos de tornillos y tuercas que sólo nosotros
conocemos y que ajustan todo lo que arriba conforma el más bello de los altares andantes
para nuestras Sagradas Imágenes. La nuestra es una semana santa diferente, de llave inglesa
en mano, tenacillas y alambre, cuchillo y trapo, esponjas y toscos cubos de flores que, al rato
de llegar, se convierten en los más bellos arreglos florales para nuestros tronos.
Pero esa semana en concreto…«LA SEMANA» es un tiempo de planificar, trasnochar,
improvisar talleres de cualquier oficio en el sitio menos esperado, como por ejemplo el de
soldadura en el llano de las Torres, para el que hay que esperar a que toda la calle Ancha esté
durmiendo con intención de que llegue corriente suficiente para hacer funcionar la máquina.
Un tiempo de casi olvidar a la familia para entregarse en cuerpo y alma cada uno a su titular.
Una semana de esfuerzo y amor que tiene su recompensa cuando la procesión sale a la calle y
miles de ojos se clavan en la Sagrada Imagen, con miradas de esperanza, de fe o de
agradecimiento por un favor otorgado.
Precisamente fue en el desempeño de mis funciones, cuando el sábado de Gloria
pasado, en el Baptisterio hice una foto al Señor en la que se veía en el fondo a San Juan y a la
Virgen del Amor. Jesús, su Madre y su discípulo amado, los tres juntos. Una foto que nunca
podría haber imaginado, sería premonitoria de esta noche.
PREGÓN
La primavera ya se ha instalado, con toda su magnificencia, en nuestro rinconcito del
mundo, en el valle al que siglo tras siglo ha ido dando su particular forma un río al que los
árabes llamaron «del silencio». Es primavera en el Valle del Guadalhorce y el campo se ha
alfombrado de un verde de mil tonos. La flor del naranjo perfuma ya con su característico
aroma campos y calles y los días que se hacen por momentos más cálidos, se vuelven reacios a
dar paso a la noche.
Parece que nuestro pequeño rincón del mundo compartiera con nosotros la alegría
que nace en nuestros corazones. Y es que se acercan los días en los que Cristo, por nuestra
Redención, muere en la Cruz, para resucitar al tercer día. Se acerca el momento de recordar el
inmenso amor de Dios.
Y con este ambiente alegre de un pueblo que ha vestido sus fachadas de cal para
recibir las procesiones y se ha perfumado de azahar, el silencioso río Guadalhorce se dispone a
ser testigo un año más de la semana más grande del calendario cristiano y perote, de nuestra
secular semana santa.
Una tradición que nos ha sido dada por nuestros antepasados y que en nuestra
condición de cofrades debemos salvaguardar y mejorar en la medida que podamos, pero que
ante todo debemos respetar en su forma. Cada pueblo hace las cosas según su forma de ser. El
carácter de sus gentes imprime su sello en sus tradiciones y Álora, a través de los años ha
conformado una Semana Santa muy especial, con una de las tradiciones más arraigadas de la
provincia. En resumidas cuentas: la Semana Santa perota. ¡Hagamos pues, defensa de nuestras
tradiciones y nuestro modo de vivir la semana de Pasión!
Es viernes de Dolores y los días más anhelados del año están a punto de dar comienzo.
Ya se nota en el ambiente. Los Albaceas, acompañados por la cantera cofrade, sus
colaboradores, llevan meses trabajando. Han estado montando tronos, limpiando enseres y
preparando hasta el más mínimo detalle, ya mismo está aquí el domingo de Ramos y no se
puede quedar ningún cabo suelto.
La noche se está abriendo paso y decenas de perotes cruzan la Fuente Arriba para
darse cita en nuestra Parroquia. Allí, se oye, y se oirá durante toda la semana, como constante
melodía de fondo el tenue canto de las campanas de los tronos que los niños golpean con las
palmas de sus manos quién sabe si con el sueño de algún día poderlas golpear con el mazo u
obedecer su orden y meter el hombro en el varal.
Hay tronos montados en las naves del templo, las Sagradas Imágenes ya se han
entronizado y esperan que el montaje culmine con el exorno floral para ser procesionadas por
nuestro pueblo. Pero hay un trono vacío, un palio que espera ansioso cobijar bajo él a la reina
del Cielo.
En el templo impera la oscuridad. Poco más que las velas que arden sobre dos ciriales
alumbran la cara de la Madre de Dios. Su Imagen está adornada únicamente por un centro de
flores blancas. Tres golpes secos de una mano contra el varal de madera truenan en el interior
de la iglesia abarrotada de fieles. Entre una nube de fragante incienso y tras el cortejo
presidido por la Cruz Guía de la Hermandad, el trono se levanta y una canción desgarradora
inunda el aire.
«Si las dulces palabras del Ángel,
inundaron de gozo tu alma.
De un profeta la fúnebre calma,
te llenó de amargura y dolor».
La Virgen de los Dolores ataviada a la usanza de la Cuaresma avanza por la nave del
Evangelio. Dieciocho portadores cargan un trono sobrio, de madera, con sabor a otros
tiempos. El pueblo acompaña a la señora en su caminar mientras se oye el cántico de los siete
dolores. En el silencio tras cada uno de ellos, el Ave María. Poco a poco se van desgranando los
siete dolores que como siete puñales atraviesan el corazón de María Santísima. Convirtiéndose
así en un preludio de lo que acontecerá la próxima semana.
Al llegar al trono nadie queda entre los bancos de la iglesia. Todo el mundo ha seguido
a la Virgen, todos quieren dar consuelo a la Señora en su caminar. «Ha llegado tierna Madre»
se oye cantar minutos antes de que la sagrada imagen de la Virgen quede presidiendo su altar
de plata. En él quedará la que es reina de cielos y tierra convertida en una Madre afligida que
espera el encuentro con su amado Hijo.
Es el traslado claustral de la Virgen de los Dolores. Una de esas procesiones singulares
que Álora, pese a su desaparición, ha guardado en su memoria, en su corazón y la Cofradía de
Dolores, ha sabido recuperar a finales de los noventa para convertirla en cita ineludible para
todos los cofrades.
No termina, sin embargo aquí, la jornada. Álora es tierra de cante, y como tal, sabe
hacer honor a este arte incluso en estas fechas. La oración hecha canción por excelencia, la
Saeta, será exaltada en la asociación cultural Alora la Bien Cercada en un acto que por su
solera y tradición ya es también cita obligada entre cofrades y no cofrades en nuestra semana
de Pasión.
SÁBADO DE PASIÓN
La del sábado de Pasión, es una jornada de intenso trabajo para tres de nuestras
hermandades. Todos corren de aquí para allá en una extraña sinfonía de desórdenes que
termina siendo un orden perfecto. Herramientas que se pierden y aparecen, sacos de romero
que alfombraran los tronos y flores que al llegar, convierten en jardines los rincones del
templo a la espera de ser colocadas en los tronos. Cabezas de varales, arcos de campanas y
juegos de tornillos que sólo algunos conocen de memoria, que se unen a grandes piezas de
tela que se disponen entre los bancos y servirán entre otras cosas para cubrir las mesas de los
tronos.
Allá en la capilla del Calvario, todo queda ya también casi listo. Los hermanos se afanan
en colocar el maravilloso olivo bajo el que Jesús rezará dentro de pocas horas. La palmera del
trono de la Pollinica está también acabada. Y en el trono del Señor de la Columna un hermano
está terminando de ajustar los faroles.
Entre tanto, en la capilla del Sagrario, un pequeño grupo empieza a dar forma al
monumento. Una mesa ovalada representará la Última Cena y rojas cortinas realzarán el altar
de la reserva. Pero todo a su tiempo, el Jueves pronto ha de llegar.
Mañana es Domingo de Ramos y nada puede fallar.
DOMINGO DE RAMOS
POLLINICA
El sol brilla en un cielo de intenso azul que contrasta con las blancas casas de Álora, es
la mañana de las palmas y olivos. Los niños corretean nerviosos junto a sus padres, saben que
la primera procesión de la Semana Santa está muy cercana ya. Los que ya dejamos atrás la
niñez vivimos esa mañana con una ilusión especial, con un nervio contenido que pronto se
hace recuerdo de pretéritas mañanas en la que estrenando ropa salíamos a la calle de la mano
de nuestros padres o abuelos deseando ver los tronos.
Ese recuerdo se hace más fuerte cuando pasamos la puerta de la iglesia y vemos sobre
su trono a Jesús a su entrada en Jerusalén. La viva imagen de la sencillez. El Hijo de Dios, el rey
de reyes montado en un humilde pollino. Junto a Él su Madre, la Virgen del Amparo y
Auxiliadora, una advocación tan relacionada con la juventud. Una juventud que es germen de
nuevos cofrades. Siempre se conoció en Álora a esta hermandad como «la procesión de los
niños».
Tras la misa de palmas y olivos en el templo se palpan los nervios y el murmullo se
hace contínuo a la espera de que las puertas de la nave central se abran de par en par y suene
la primera campana de la Semana Santa. De repente se empieza a oír a lo lejos el ronco
sonido de los tambores. ¡La banda viene llegando!
Jesús entra triunfante en la Jerusalén Iluritana, recorre sus calles y plazas entre la
alegría del gentío que porta ramitas de olivo y cruces hechas de palmas en la solapa. Jóvenes
vestidos con blancas túnicas escoltan y portan el trono. La banda toca la primera marcha, la
que inaugura la Semana de Pasión.
Jesús entra triunfante en la ciudad que en unos días le verá morir. El hijo de Dios,
quien podía haber entrado con la mayor de las glorias, lo hizo a lomos de un humilde pollino y
así nos lo recuerdan los hermanos de la hermandad de la Pollinica. En el trono, junto a Jesús,
su Madre, la Virgen del Amparo, quien aun sabiendo lo que cerca está, esboza una leve sonrisa
en su rostro. Quién sabe si en un intento de consolar a su Hijo.
Tras haber recorrido las calles de Álora derramando su Bendición, Jesús a su entrada
en Jerusalén y la Virgen del amparo vuelven a la Parroquia, sabiendo que han despertado en
todos cuantos los han visto pasar, sus más bellos recuerdos de la niñez.

COLUMNA
La alegría que se ha vivido por la mañana da paso a la serenidad de la tarde. Pasados
pocos minutos de las cinco, las puertas de la nave del Evangelio de nuestra Parroquia se abren
para dejar salir a uno de los más perfecto cortejos procesionales de cuantos salen a la calle en
Álora. La seriedad va impregnando poco a poco el recorrido de un respetuoso y ordenado
silencio, quebrado solo por las campanillas de los más pequeños de la fila. La calle Benito
Suárez se va tiñendo de morado y blanco.
Mientras tanto, en el interior del templo sucede algo que muy pocos tienen el
privilegio de ver. Los rayos de luz que entran por las ventanas cortan el aire teñido de un
traslúcido humo blanco de incienso. El cuerpo de acólitos que durante la procesión asistirán el
altar, el trono del Señor de la Columna, aguarda bajo el dintel de la puerta y en el silencio que
reina en ese momento se oye la voz del mayordomo. Al toque de la campana, el trono se
levanta.
Tras el primer paso, empieza el batir de la caja. En el más bello de los homenajes que
hacen los jóvenes que conforman la sección a la memoria de los que ya no nos acompañan
corporalmente, comienza. Desgarran el aire las notas de La muerte no es el final. Esta marcha
acompañará los pasos del Señor por la nave central de la Parroquia y oyéndola, todos los
presentes nos hacemos partícipes de esa oración cantada, «con la esperanza en que Tú ya les
has devuelto a la Vida, ya les has llevado a la luz».
Y sale a la calle el «Héroe». El Hombre justo martirizado, golpeado por cuarenta
latigazos, que con boca entreabierta y gesto fruncido se resigna, atado a una columna,
despojado de su ropa y a punto de ser coronado de espinas. Entre marchas de corte fúnebre
avanza el cortejo por las calles para realizar una espectacular bajada por la calle Santana, en
busca ya del camino de vuelta hasta la Parroquia.
Serán de nuevo las puertas de la nave del Evangelio las que vean avanzar hacia ellas la
yerta imagen de Jesús flagelado. El patio de los Naranjos se convierte por unos momentos en
el pretorio del palacio de Pilatos, mientas que las campanadas de la marcha Héroe, tañidas en
el mismo trono cortan el aire. Ya la noche ha caído y entre el recuerdo de sus primeras salidas
procesionales, aquellas que se producían en la tarde noche del sábado de pasión y que
consistían en un austero Vía+Crucis por calles adyacentes a la Parroquia, el Señor de la
Columna se recoge, inmerso en un respetuoso silencio roto sólo por los aplausos.
HUERTO
Mientras todo esto sucede, la joven y elegante cofradía del Huerto, se encuentra ya en
la calle. Llegaba el reloj a la media tarde cuando Jesús orando en el huerto, majestuoso en su
dorado trono salía de su capilla del Calvario. Nazarenos de blancas túnicas y rojos capirotes
escoltaban su bendita imagen.
Para la vista es un deleite, contemplar la imagen arrodillada de Jesús bajo el olivo, con
el ángel confortador que sostiene el cáliz y la cruz cuando, desde la pronunciada cuesta, se
está llegando a la capilla. El Hijo del hombre, que pidió a Dios que apartase de Él ese cáliz, pero
que se hiciese la voluntad de Dios y no la suya propia. Su contemplación sirve para tomar el
aliento que nos ayuda a culminar el camino hasta la Ermita.
El Señor del Huerto bajará la calle principal de su barrio entre el cariño de unos vecinos
que hacen de Él su guía, su estandarte, su compañía durante todo el año. Testigo de excepción
del cariño de su gente será su Madre, Nuestra Señora de la Paz, que preside en estos días el
altar Mayor de la capilla. El tiempo quiso que después de haber permanecido juntos en el taller
de Álvarez Duarte durante su hechura, ahora, casi treinta años más tarde, permanezcan juntos
en la capilla para siempre.
Los vivas pronto empezarán a llover desde los balcones de la calle, al igual que los
pétalos de flores. Y a su llegada a la Vera Cruz, toda Álora lo está esperando para ser testigo de
una de las más bellas estampas de nuestra semana grande. Esa curva imposible entre el
Camino Nuevo y el Callejón. Los largos varales se van abriendo paso-no sé cómo- entre el
gentío que aplaude. Como banda sonora, el himno Nacional. El Señor del Huerto deja por unas
horas su barrio, para pasear por Álora.
No menos espectacular será la vuelta a su casa. La pronunciada cuesta hará que los
hombres de trono redoblen esfuerzos en subir a un paso más rápido de lo normal, tomando
aliento encararán la última pendiente, la que lleva de nuevo al Señor junto a María, la reina de
la Paz.
LUNES SANTO
Amanece el Lunes Santo. No es día de procesiones en nuestro pueblo, pero es un día
intenso para mí y mis compañeros de gremio. Desde hoy en adelante se sucederán sin tregua
preparativos de cara al próximo Jueves Santo. Se termina de sacar brillo a los tronos y enseres,
las velas aguardan en las cajas su reparto entre los nazarenos.
La escalera parece ser un elemento más de los tronos, pues ya no se separará más de
ellos hasta que no haya llegado el momento de la procesión. Incontables serán desde hoy las
veces que haya que subir y bajar del trono. Y es que empieza el ajetreo típico de estos días, el
no parar, esas idas y venidas que de niño llamaron mi atención y que cuando entré a formar
parte de ellas, se convirtieron para mí, en una forma de vivir.
Pero de entre todos los preparativos, para mí, hay uno muy especial. El que espero
durante todo el año y que es uno de mis mayores orgullos: subir a la capilla de las Torres, junto
a Juanito y esperar ansiosos la llegada de Paco Lucas con la ropa del Señor. Carmen y Pilar
traerán cada una un ángel, y Leandrito… ¡ay! El ciclón de Leandrito, lo querrá traer todo. Pero
este año en ese coche faltará un gran jesuita que nos ha dejado hace pocos meses. Este año
Salvador estará con nosotros, pero desde algún lugar del cielo, guiándonos, a Juan y a mí para
que le pongamos los cordones a Jesús lo mejor posible.
Cada enser irá quedando colocado en su lugar, cada elemento de los tronos afianzado
en su correcta posición, cada paño perfectamente planchado quedará prendido de su soporte
cubriendo la mesa del trono. Y bajo los tronos, los albaceas se encargarán de que no falte ni un
detalle. Todo va quedando poco a poco preparado para la salida procesional, tal y como
sucedía la pasada semana en las hermandades del Domingo de Ramos.
MARTES SANTO -TRASLADOMartes
Santo. Al caer la tarde, el Santísimo Cristo Crucificado de las Estudiantes espera
en estos mismos escalones la llegada de sus hermanos para el traslado hasta el castillo de las
Torres.
Los hermanos ataviados de traje oscuro portan sobre sus hombros la Cruz del Cristo de
los Estudiantes. Una singularidad especial imprime a la salida por el panteón el silencio y el
respeto reinantes, mientras la imagen de Cristo Crucificado avanza entre luces de antorchas.
La torre campanario es fiel testigo de esta salida y como banda sonora, las notas del
Gaudeamus Igitur interpretadas por la capilla musical de la familia Gutiérrez, los Silleritos.
Familia que conjuga esta noche de Martes Santo sus dos grandes pasiones: el Cristo de los
Estudiantes y la Música.
Bordeando la Plaza Baja, el cortejo tomará la calle del Carril, que este año presenta un
maravilloso aspecto tras su remozado. Las estaciones del Vía+Crucis que se han incluido en su
pavimento servirán de guía en el rezo de las oraciones, para pronto llegar a uno de los
momentos más pintorescos de este recorrido, el momento en el que el Cristo Crucificado
avanza entre la oscuridad de la calle por el entorno más cercano a las centenarias murallas de
la fortaleza.
Tras estos bellos momentos, viviremos la llegada a la capilla de las Torres, donde
quedará entronizado a la espera del gran día.
MIÉRCOLES SANTO -VIA+CRUCISEl
miércoles santo es un día reservado al recogimiento y a la preparación espiritual de
cara a los días que están por venir. Los hermanos de la Hermandad del huerto procesionan a
hombros al Cristo crucificado de la iglesia de la Vera Cruz.
Es la noche del Vía Crucis, la noche en la que acompañamos a Jesús en su amargo
camino hasta el Gólgota. Esa noche somos testigos de la injusticia, de una condena a muerte,
de un duro camino con una cruz a cuestas y de tres caídas a tierra. Esa noche estamos
presentes cuando Jesús es despojado de sus vestiduras y clavado en la Cruz. Y lo vemos morir
por nuestra causa.
Pero en este vía crucis somos testigos también del encuentro de Jesús con su Madre, y
somos Verónica que limpia su rostro, y Cirineo que ayuda al Señor a llevar su Cruz y somos
además las mujeres de Jerusalén que Jesús consoló en el camino de la Cruz.
Esta noche tomamos conciencia al descender a Jesús de la Cruz y colocarlo en el
sepulcro, que ese hombre Justo, el Hijo de Dios, murió por nuestra causa, pero también
tomamos conciencia de que por esa muerte, fuimos redimidos.
Tomamos hoy conciencia de las dos caras del ser humano, el mundo es testigo de las
más cruentas maldades del hombre: injusticias, malos tratos, vejaciones, omisión de
ayuda…pero también descubrimos que hay cirineos en el mundo que ayudan a cargar a cada
cual con su cruz y hacen su camino más fácil. Y descubrimos de la mano de Jesús, que hay que
vivir el perdón.
JUEVES SANTO
BANDAS
Después de una mañana con toques festivos y aroma familiar, con perotes que viven
por otras tierras de nuestra España…y fuera de ella, que se reencuentran tras un año entero.
Una mañana de visitas a la iglesia y la capilla de las torres, de incesante trabajo y ajetreo entre
la iglesia, el panteón y la calle Atrás. Cuando pasa esa mañana de tertulias callejeras y
preparativos en las casas, el reloj se va acercando a las cinco de la tarde. La Fuente Arriba se va
colmando con el gentío que llega por todas las calles que allí convergen.
Los nervios a flor de piel, tanto que cualquier sonido, por suave que sea, se disfraza en
nuestros oídos del canto de roncos tambores.
-Parece que este año vienen ciento cincuenta Paracas…
-¡Uy que va, a mi me han dicho que han contado doscientos!
Es la comidilla que se oye en cada rincón de la plaza.
Álora espera la llegada de las bandas. La música, ese gran elemento de la semana
santa, tan necesario como bello, que algunas veces pasamos por alto, pero que nunca debería
ser así. Sus oraciones, lanzadas al viento en forma de bellas melodías, nos hacen emocionarnos
en cada marcha. Una música que se asocia para siempre a cada imagen y que van directas de
la retina y el oído, al corazón de cada espectador.
Cuanta importancia y tradición tiene para los perotes la música en general y la música
cofrade en particular. Cuatro son las formaciones musicales en activo en nuestro pueblo. Y no
es sólo artística su labor, sino que fomentan entre sus componentes los valores de la amistad,
el compañerismo y la cultura. Respetemos pues su trabajo, no solo en Semana Santa, sino en
cada una de sus actuaciones, ya sean bandas locales o foráneas. Su trabajo, es nuestro deleite.
¡Y ahora sí! Los ecos que trae el viento son los de los tambores, cada vez más fuerte. Y
aparece por la curva la Balita el guion de la Brigada Paracaidista. La imagen se repite un año
más y el público estalla en aplausos cuando oye de nuevo el Bolero. Tras ellos, el Hacho,
Dolores, Jesús, y la Banda Municipal, entrarán a la plaza y tocarán sus mejores marchas.
OFICIOS
Es Jueves Santo de la Cena del Señor, el día del Amor Fraterno. La parroquia ha
cambiado los cuaresmales ornamentos morados por los blancos eucarísticos. El Sagrario
permanece vacío y con su puerta abierta en el Altar de la Reserva. En la noche del día que
relumbra más que el sol, Jesucristo instituyó la Eucaristía. Tras la hora Santa, finaliza la
Cuaresma, comienza el Triduo Pascual. Cuando finalice la Liturgia de hoy, Dios vivo y verdadero
quedará reservado en el Monumento. Y es por ello por lo que el Sagrario debe ser, hoy y
siempre, eje y centro de nuestra vida, como cofrades y como cristianos.
PROCESIÓN
SEÑOR DE LAS TORRES Y CRUCIFICADO DE LOS ESTUDIANTES
Es media tarde y al girar por la última curva de la calle Ancha, allí se ven, en la
explanada del castillo ya esperan el Señor de las Torres y el Cristo de los Estudiantes que
empiece su procesión. Los últimos metros de la cuesta parecen kilómetros para aquellos que
ansían encontrarse cara a cara con el Señor. No obstante, cuando se corona la calle, la
recompensa es grande. Al igual que durante toda la mañana por el pueblo, aquí se suceden los
reencuentros de amigos y familiares pero sobre todo, se vuelve a producir un año más el
reencuentro con Ellos.
El Nazareno de Álora y el Cristo de los Estudiantes, imponentes, mayestáticos al pie de
esa fortaleza y reinando sobre la espectacularestampa que conforma el valle del Guadalhorce
visto desde el cerro de las Torres. Y es en los momentos en los que los últimos rayos de sol del
atardecer van tiñendo el cielo de abril de un color rojizo, cuando da comienzo la primera
procesión del Jueves Santo.
El Señor de las Torres inicia su lento caminar por su calle, que luce como ningún día del
año porque el principal de sus vecinos va a pasar por ella, recogiendo las oraciones de sus hijos
y derramando sus bendiciones sobre ellos. La calle Ancha se convierte en la mayor de las
avenidas de Álora, porque el Señor de las Torres va al encuentro de su pueblo. En la plaza baja
cientos y cientos de almas llenan cada rincón, las miradas están clavadas en la esquina
derecha, pero no todas. Algunas buscan unos metros más arriba una escena de singular
belleza: la aparición del trono por la curva para encarar el último tramo de la calle.
Y es al llegar a la plaza cuando el pueblo estalla en júbilo. Aplausos y vivas para recibir
al Señor y acompañarlo en todo su paso por ella hasta entrar en la calle Benito Suarez. No
menos bella es la estampa que a continuación se produce. Siguiendo los pasos del Señor, entra
en la plaza Baja el Cristo Crucificado de los estudiantes. Testigo de excepción de estos
momentos son María Santísima del Amor y san Juan Evangelista, que ya se encuentran bajo el
arco de la iglesia.
La procesión continúa su recorrido. El Señor de las Torres y el Cristo de los Estudiantes
pasearán por el pueblo y tras la hermosa bajada por la calle Santana, llegamos a uno de los
momentos más íntimos de esta procesión. Al entrar en la calle Atrás se crea un paréntesis.
Entramos en unos momentos en los que parece que cada una de las personas que acompañan
al Señor de las Torres se queda completamente sola con Él. En estos momentos todo
desaparece. No hay cortejo, no hay música, no hay Hermandad. Tan solo está Él, con el peso
del leño cargado y cada uno de sus hijos. Y con ellos, sus recuerdos.
Y unos metros más abajo, otro año más se volverá a repetir el encuentro, Señor de las
Torres y Cristo Crucificado cara a cara. Y ellos nos recordarán con el simple contemplar de sus
imágenes, que el camino de la vida puede ser duro cuando cargamos con nuestra cruz, pero
cuando llegue el momento final, Cristo, Crucificado y Resucitado, nos acogerá en un inmenso
abrazo que nunca terminará. Porque Tú, eres la esperanza, el cielo que se alcanza y en Tí,
estará nuestra salvación.
AMOR Y SAN JUAN
Del Discípulo amado en compaña va la Virgen del Amor. Siempre juntos desde que
estando al pie de la Cruz, el mismo Jesús la convirtiera en su Madre. San Juan con gesto triste
pero sereno va guiando el camino de la Virgen. El camino de la Esclava del Señor hacia el
mayor de los dolores: la muerte injusta de un hijo.
Pero san Juan conforta a María, la recibe en su casa como debemos hacer todos los
cristianos, recibir a María en nuestra casa y en nuestro corazón, porque sólo así, nacerá en
nosotros su Amor.
Y es Ella, la Virgen del Amor la que me acercó a esta humilde y casi familiar cofradía.
Bajo su serena mirada conocí a unas personas sencillas y de gran corazón, que conforman una
gran Hermandad, en el sentido más absoluto de esta bella palabra. Una Hermandad que, de su
humildad, saca su fortaleza para procesionar año tras año con el más perfecto de los pasos a
sus Sagrados Titulares. Todo el trabajo realizado, todo el esfuerzo hecho, todo el afán puesto y
toda la ilusión por continuar, nace del Amor que emana de la Santísima Virgen.
Y llega su gran día, esta noche de Jueves Santo, la Cofradía de San Juan sale a la calle.
Las túnicas verdes hacen piña junto a un trono en el que, con admiración, vemos en lo que se
han transformado aquellos donativos que Antonio el Largo llevaba en su taleguita verde y en
la que a la voz de pa` los claveles, se acercaba a todo el que se encontraba: un espectacular
jardín hecho con las más bellas flores que adornan el paso del Discípulo amado y de la Madre
del Amor.
A los sones de la marcha Amor y san Juan, la procesión avanza por las calles en busca
de una de las más espectaculares: la calle la Parra. En ella, el trono subirá en volandas en un
esmerado esfuerzo bajo la atenta mirada del público allí concentrado, ansioso de vivir ese
momento.
Continuarán su recorrido hasta llegar a la plaza Santa Ana, donde, después de un
pequeño descanso, veremos una de las más hermosas estampas de la noche. La viva imagen
del cariño hacia una hermandad: el momento en el que bajo los varales de su trono, podrán
verse no solo las túnicas verdes, sino que se habrán acercado nazarenos de Dolores y del Cristo
de los Estudiantes para meter el hombro. Y alguno habrá de Jesús, ¡que hasta toque la
campana!
Entre el cariño de su pueblo, la Hermandad continuará su caminar por la Fuente Arriba
y la calle Atrás para llegar hasta la Parroquia, donde pondrá fin como cada año a su procesión,
sin embargo este año, hay un matiz. Este año el trono caminará exultante, sus portadores irán
más orgullosos de lo normal, porque este año los hermanos de San Juan presentarán al pueblo
el fruto de su trabajo, el fruto de la pasión por su hermandad. Este año se presentará ante
Álora la nueva imagen de María Santísima del Amor.
DOLORES
¿Quién es esa Mujer que angustiada
vacilante y llorosa camina?
¿Quién es esa Mujer tan Divina?
¿Quién es esa Mujer Celestial?
Esa triste mujer es la Virgen de los Dolores. La Señora de Álora, que esta noche
consuela sus penas ayudada por sus hijos. Los hermanos de su hermandad y el pueblo entero,
que esta noche le dan, como dice la letra de su Himno: «amor, cariño y paz», para que su
Imagen se ilumine.
Y en su trono, majestuosa, bajo palio y vestida de reina, Nuestra Madre y Señora sale a
la calle al encuentro con su gente. Un año más, Álora la espera para rezarle y compartir con
Ella su dolor. Tras la complicadísima salida del templo, la procesión inicia su caminar. Por
delante un recorrido de estrechas y empinadas calles que le confieren a esta procesión una
singularidad especial.
Al recorrer la angosta calle Zapata, los hombres de trono encaran la complicada calle la
Parra. De un solo tirón y al ritmo de una sonora marcha, el trono parece volar calle arriba.
Desde la mediación de la calle, la mirada de la Virgen parece cruzarse con la de aquel eterno
nazareno negro, cuyo recuerdo, infunde aliento a los portadores para continuar la subida de la
calle hasta su casa Hermandad.
Uno de los recuerdos que la Virgen tare a mi mente en estos días es que, siendo aún
un niño, subía al dormitorio de mi abuela a por un rosario de cuentas blancas que limpiaba con
esmero y guardaba en una caja de madera junto a un colgante en forma de lágrima con una
piedra verde y un broche con una pequeña amatista. Solía ser una tarde de Miércoles Santo,
cuando esperábamos la visita de Diego, que venía a por las cositas de la Virgen para ponérselas
en el pecherín esa noche.
Y de nuevo en la procesión, a su paso por el Ayuntamiento, la Virgen recibirá, como lo
han hecho antes las otras cuatro sagradas Imágenes, la oración hecha canción más sentida:
una saeta. Durante este momento tan solo el golpeteo de los rosarios contra las barras del
palio será el acompañamiento y ritmo de esta sentida canción.
A su vuelta a la iglesia, la Virgen de los Dolores será la encargada de poner punto final
a la procesión del Jueves Santo. Y digo procesión, en singular, porque así la entiendo yo: como
una única procesión en la que participan tres cofradías. Esto es HERMANDAD: una noche en la
que acentuamos más que nunca nuestros piques y en la que a la vez, los dejamos aparcados
para ser hermanos, sin importarnos que la túnica sea verde, azul, negra o morá.
VIERNES SANTO
HACHO
Aparecen en el cielo los primeros albores de la mañana. Los rayos del sol tiñen las
piedras del monte Hacho de un intenso color dorado. Pareciera que la atalaya que domina
Álora quisiera convertirse en la más ornada de las peanas que soporte en el mundo la CRUZ,
para que desde esta tarde, cuando se apaguen las velas, sea adorada por la cristiandad.
Amanece el Viernes Santo de la Pasión del Señor.
DESPEDÍA
Un pellizco en el estómago hace que por muy tarde que nos hayamos acostado
nuestros ojos se abran antes incluso de que la música empiece a sonar. Carreras dentro de las
casas al oír el rumor de los tambores. Todos corren al balcón, los Paracas están entrando por
la curva de la Balita. Y pocos minutos después llegará la Legión. El Novio de la Muerte sonará
en la plaza recordando a nuestro pueblo que la Despedía va a comenzar. La Infantería española
que bajo la protección de la Inmaculada Concepción de la Virgen María vela por nuestra
seguridad y nuestra libertad, se da cita hoy en Álora para dar escoltar a Jesús y a Dolores en su
caminar por las calles del pueblo y pedir también a Ellos su protección.
Cuando se cruza el dintel de la puerta de la iglesia ya se pueden palpar los nervios y la
ilusión. Los albaceas dan los últimos repasos a las flores en los dos tronos. La noche antes, con
la oscuridad y el cansancio pasan desapercibidos los huecos y las imperfecciones. Pero ya sí,
todo está listo, la procesión puede empezar, no sin antes recordar con una oración a los que
en su día fueron portadores de los tronos y hoy verán la Despedía desde la mejor de la
tribunas.
Son las diez de la mañana y el sonido de la campana corta el aire, el trono del Señor
toma la calle. Comienza una procesión jubilosa y popular que es sello de nuestra idiosincrasia
perota, una procesión tumultuosa y que en su desorden, es la mejor de las procesiones porque
es la nuestra, la que Álora ha sabido hacer ese día.
Poco a poco avanza por la calle Atrás, para llegar entre vítores a la plaza de la Fuente
Arriba, las calles en un incesante goteo se van llenado de público que asiste expectante. Entre
tanto, de vuelta en la plaza Baja, la Virgen de los Dolores recibe a su salida la oración de los
legionarios, y con marcialidad y desgarradora fuerza, suena el Novio de la Muerte.
El sol y la fresca brisa de la mañana acarician los rostros de los cofrades, negros y
moraos. Que a nadie se le haga raro hoy ver túnicas del otro color en uno u otro trono. Los
nazarenos morados quieren llevar a la Madre del Señor de las Torres y los hijos de Dolores
quieren aliviar el peso de la Cruz del Hijo de Dios.
El gentío va cubriendo cada rincón de las calles, tanto que no hay un milímetro de
suelo a la vista. La emoción aflora cuando los portadores de la Despedía se acercan a los tronos
para tantearlos. Esos ocho hombres que a las dos de la tarde clavarán sus rodillas en el suelo
cargados con el peso de los tronos, pegan sus hombros al varal para ir haciendo el cuerpo. Y si
emotivo es ese momento, más aún lo es cuando estos nazarenos se acercan al otro trono para
probarlos y hacer su ofrenda floral a las Sagradas Imágenes. ¿Cabe más hermandad en estos
gestos? Yo diría que poca.
Los tronos avanzan por el itinerario previsto, pero el horario nunca es el acordado. Los
vistazos a los relojes se suceden, pero apuesto en que, en ninguno de ellos, se llega a ver la
hora que marcan…Los nervios se van apoderando de los cuerpos.
Ante el Ayuntamiento el Señor y la Virgen reciben el canto emocionado de las saetas,
que desde el balcón de la casa de todos los perotes salen de las gargantas de grandes maestros
de la copla, que se hacen aún más grande por el amor y el sentimiento que en sus saetas
derrochan. Y es al llegar a sus casas hermandades cuando las Sagradas Imágenes reciben la
ofrenda, el respeto y la oración de las tropas Paracaidistas y Legionarias que un año más, fieles
a la tradición, acompañan a estas en su procesión.
Y continúa la procesión. El Señor entra en la plaza Baja. El trono se va abriendo camino,
nadie sabe cómo, entre ese mar de almas que esperan la gloriosa ceremonia, hasta llegar a la
calle Atrás. Dolores, entre tanto, va llegando a la esquina de la calle Bermejo. Las tropas que
acompañan ocupan sus lugares en la plaza, y, mientras, los albaceas dan los últimos repasos a
los tronos. Se afianzan los tornillos, se repasan las cuñas que fuerzan los varales contra las
estructuras de los tronos y se quitan las campanas. Desde este momento las órdenes
emanarán sólo de gestos y gargantas.
Mientras todo esto está pasando fuera, en la plaza, en dos lugares distintos hay
dieciséis hombres que se preparan. Fajas, túnicas ceñidas a la cintura como solo ellos saben.
Oraciones previas, abrazos y golpecitos en hombros y mejillas. Los dieciséis puntales que
sostendrán los tronos saben que sobre sus hombros, no solo recaerá en breve el peso de los
tronos, sino el de la tradición y el orgullo de un pueblo.
A la señal convenida del Mayordomo, los tronos entran en la plaza. Novio de la Muerte
y Bolero. Bolero y Novio de la Muerte, ambos tronos bailan a los mismos sones bordeando la
centenaria plaza y al subir arriba, se produce el ansiado momento. Jesús y Dolores frente a
frente, cara a cara, va a comenzar la mal nombrada Despedía. Mal llamada porque a mi
entender, no es una despedía, sino que es un reencuentro. El feliz reencuentro de una madre
con su hijo.
Con precisos gestos hechos con sus manos, el maestro de ceremonia irá dando las
órdenes necesarias para que este centenario rito se produzca un año más. Tres hincás, de las
rodillas, tres genuflexiones dónde el tiempo se detiene. Tres manifestaciones de una fe que
sólo los hombres que permanecen bajo los varales entienden y que no seré yo quien ose
describirla. La plaza entera vibra en un extraño y ruidoso silencio. Respiración casi contenida y
un suspiro exhalado al unísono en cada levantá.
El rito se ha completado. Los hombres de trono vuelven a sus puestos. La Virgen
avanza hacia Jesús, y ambos tronos van abandonando la plaza en busca de la embocadura de la
calle Ancha. Comienza aquí la que, para mí, es la verdadera despedía. El adiós de la Madre a su
Hijo que subirá el monte en busca del Martirio. Ella sabe que no lo volverá a ver, que ha
llegado el momento en que se cumpla la fatal Profecía. Por eso llora, por eso no quiere dejarlo
marchar e inspira en los corazones de quienes la portan, que levanten sus brazos y tiendan sus
manos a quienes llevan a hombros a su Hijo, para que con sus manos entrelazadas retrasen
unos segundos más la marcha hacia el Gólgota del Hijo de Dios.
Pero lo tiene que dejar marchar. A hombros de paracaidistas, el Señor sube la calle
Ancha, que parece que se estrecha para no dejarlo ir, a paso ligero, mientras su Madre entre
lágrimas lo ve marchar desde la plaza. Plaza que aún ha de bordear la Señora para cruzar la
puerta principal de la Parroquia, culminando así, su procesión. Y al llegar a las Torres, tras los
gritos y la oración Paracaidistas, las rodillas volverán a caer a tierra tres veces con la oración
del Padrenuestro en memoria de los caídos de Álora, de la Hermandad y de la Brigada
Paracaidista.
Suena el himno nacional culminando con él, la salida procesional del Señor de las
Torres. Llega así, para este albacea, su momento más esperado, el más íntimo de todos, el de
librar a Jesús de esta corona de espinas y del peso de su cruz, en el transcurso de una muda
conversación.
OFICIOS
Tras lo vivido durante la mañana, todo queda en silencio, ha llegado la hora Nona, la
hora en la que Cristo expiró. El cielo quedó en tinieblas y el velo del templo se rasgó. Las velas
se han apagado, las campanas han enmudecido y la Parroquia, que ayer lucía ornamentos del
más puro color blanco, hoy permanece sobria, fría, y el rojo litúrgico de las vestiduras del
sacerdote nos recordará la Preciosa Sangre derramada de Jesús. La piedra de mármol del Altar,
en la más absoluta desnudez, soportará tras los oficios el Árbol de la Cruz, donde estuvo
clavada la Salvación del mundo.
PIEDAD
La penumbra y el Silencio toman las calles del pueblo. Tres secos golpes llenan el aire
de la Vera Cruz, que ya se encuentra repleta de gente. Las puertas se abren y el cortejo va
tomando la calle, el trono se levanta y las notas de « EL SILENCIO» empiezan a inundar el aire.
Las andas salen a la calle, ya casi ha caído la noche y la tenue luz de las velas ilumina la
más triste y dramática escena de cuantas hemos visto hasta ahora.
«Le descienden del Árbol sagrado, y en tus brazos lo ponen, Señora». Unos brazos y
un regazo que un día fueron la cuna de un Niño y hoy, por el pecado del hombre, se han
convertido en el catafalco de su Hijo. La Vida ha muerto para darnos la vida.
La hermandad, con paso firme y elegante se dirige hacia la Parroquia, va a efectuar
uno de los actos más acertados de los últimos años, Nuestra Señora de la Piedad realiza
Estación de Penitencia en la Encarnación. Son unos momentos dignos de ser vividos los que se
suceden durante esta Estación de Penitencia. El recogimiento, la música, las oraciones y la
visión de la Señora cruzando estas imponentes naves, hacen de estos momentos unos de los
más imponentes de la semana de Pasión.
Tras finalizar ésta, llega el momento en el que se verá una de las más bellas estampas
de la noche, la Señora del Silencio abandona la Parroquia por la puerta del Evangelio,
atravesando el patio de los naranjos, perfumado con el fresco aroma del azahar, para encarar
la calle Bermejo en el regreso a su templo. Como testigo de excepción, verá su discurrir por esa
calle el campanario, hoy mudo, de nuestra Parroquia.
En su camino de vuelta el cortejo recorrerá calles completamente oscuras, que realzan,
aún más si cabe, la belleza de las procesiones de esta noche. A su llegada a la Vera Cruz, esta
Hermandad volverá a hacer justicia al nombre por el que se la conoce, y con el mayor de los
respetos, en el más absoluto silencio, Nuestra Señora de la Piedad, volverá a entrar en su
templo.
SEPULCRO Y ÁNIMAS
Son las diez de la noche cuando la procesión del Santo Sepulcro inicia su caminar. A la
calle salen los nazarenos que han cambiado su cíngulo dorado por un fajín morado, el luto se
hace aún más patente. Por una plaza baja muy distinta a la de hace solo unas horas, por una
plaza oscura y silente pasa ahora el Santo Entierro de Cristo.
Del Sepulcro la losa te oculta… El Señor ha muerto y los hermanos de Jesús van a darle
sepultura. El más grande de los hombres yace sobre una mortaja de hilo, presto para ser
ungido con la mirra con la que el día de su nacimiento, unos reyes adoraron. Y así es
procesionado por Álora, en un sobrio catafalco alumbrado por cuatro cirios, precedido por la
Reliquia de la Santa Cruz.
Tras el Señor, su Madre. Nuestra Señora de las Ánimas, acompañada por cientos y
cientos de devotos que en su camino desde las Torres, forman un verdadero río de almas que
alumbran su camino por la calle Ancha. Una calle Ancha que se ha transformado por completo.
Si ayer recibía con aplausos a Jesús, esta noche ilumina sus ventanas con lamparillas en señal
de duelo y de respeto por el dolor de la más ilustre de sus Vecinas.
El silencio impera en la noche oscura. Noche que solo ilumina la luz de una luna llena
que tiñe de blanco las nubes de abril y que nos transporta a aquella noche de hace dos mil
años en Jerusalén. Una noche en la que dolor de la Virgen de las Ánimas junto con el de Juan,
María Magdalena o Nicodemo se mezclaban con el miedo que provoca la incertidumbre de no
saber lo que va a ocurrir.
Aquella misma luna es hoy testigo del hermoso encuentro de Nuestra Señora de las
Ánimas con su hijo muerto cuando en su caminar hacia la iglesia de la Vera Cruz, la Señor
encuentra a su Hijo en la calle Erillas, para luego continuar su camino hasta su capilla. Un
camino sembrado de promesas, de puñados de velas blancas, ojos cubiertos y pies descalzos.
Un camino de fe.
Llega el momento del último tramo de la procesión. La Señora no quiere descansar e
infunde aliento a sus hombres de trono para subir la calle de un solo tirón. La virgen quiere
volver porque las Ánimas la esperan en las Torres. Las almas de tantos y tantos perotes que
encontraron allí, junto a Ella el descanso en este mundo y el camino hacia el cielo.
Y el Señor de las Torres, desde su hornacina, aunque para nuestros ojos está
abrazando su Cruz, para los ojos de su Madre tiene los brazos abiertos, porque vuelve a
recibirla en su casa. Porque Madre e Hijo, vuelven a estar juntos.
SOLEDAD
Durante toda la noche se han sucedido las visitas a la cabecera de la nave de la
epístola. Bajo su altar, en un trono de otros tiempos: la Soledad. Álora asiste al Duelo a sus pies
para acompañarla, para vivir con Ella su dolor, y en tanto que pueda, aliviar su pena. Sentados
ante la Señora, ella nos invita a orar, a reflexionar sobre la oración universal que se ha hecho
durante los Oficios, y a recapacitar sobre nuestros pecados. María es la sabia Madre que nos
aconseja y quiere guiarnos por el camino del bien y del amor, por el camino que su hijo Jesús
predicaba. Y es sentados ante su doliente imagen cuando infunde en nuestro corazón todo
ello.
Cristo ha muerto y tras su santo descendimiento de la Cruz, ha sido sepultado. «Sola
quedo Hijo mío y por tanto, sola espero morir de dolor». Son las doce de la noche del Viernes
Santo y Nuestra Señora de la Soledad sale a la calle. Atrás han quedado el labrado trono, el
glorioso palio y los ricos bordados. Atrás han quedado velas, joyas y flores. Sobre el último
trono de horquillas que queda en Álora va la Virgen de la Soledad, vestida completamente de
negro, tocada únicamente con una mantilla negra, la cual, muchas veces siendo niño saqué de
su cajón y preparé en una caja para que Diego Trujillo viniera a casa a recogerla.
Impera la más absoluta sobriedad. Sólo dos ángeles acompañan a la Virgen en su trono
portando un rosario y un pañuelo. «Ha llegado Tierna Madre, el día del Sacrificio» cantan en
la iglesia acompañando el caminar de la Virgen hacia la puerta de la Iglesia. Asistir a esta
procesión es casi transportarse a otros tiempos. Calles oscuras, el sonido de las horquillas
contra el suelo, golpes de martillo sobre un sobrio varal de madera y como único sonido, el del
ronco tambor que marca el lento caminar. Esta noche no hay banda. El rezo del Rosrio es la
única partitura que, al unísono, resuena en las calles.
En el caminar del cortejo, la Virgen pasará por aquel añejo recorrido de calles
estrechas y paredes encaladas, que hacen aún más austera la procesión. En el entorno de la
calle Padilla sobrecoge mirar a la Virgen de frente. Parece que en su cara hay todavía más
dolor. El dolor de una Madre abatida por la pérdida de un hijo, el de la Esclava del Señor que
siendo partícipe de la Redención, no puede comprender en estos momentos el porqué de la
muerte de Jesús.
Rojas velitas en los balcones de las casas que han permanecido encendidas toda la
noche y así seguirán hasta que el fuego las consuma, parecen querer ser partícipes de este
desfile alumbrando el camino de vuelta a la Parroquia. Y de nuevo, frente a su altar, cuando el
sobrio trono de madera se pose en su lugar, los hermanos de la Soledad, habrán puesto el
broche de oro a la noche del Viernes Santo. El pueblo de Álora quedará entonces esperando
que se cumpla la profecía y ver de nuevo Vivo a Jesús.
SÁBADO SANTO
En la mañana en la que ya no hay procesiones, en la mañana de cansancio del Sábado
Santo, los albaceas sacan fuerzas de no se sabe bien dónde para continuar su labor. Hay que
desmontar los tronos, envolver cada enser, doblar cada prenda bordada de las que las
Sagradas Imágenes lucían hace solo unos días, guardar cada cosa en su lugar. Hay que hacer
orden en cada capilla, en cada almacén, en cada casa hermandad. Hay que tratar de conservar,
a fin de cuentas, un patrimonio que muchos antes que nosotros se esmeraron en conservar. Y
del que nosotros somos meros custodios.
Esa labor, se hace con un ánimo cambiado. Lo que hace días era algarabía, hoy es
tristeza. Lo que hace días era ilusión, hoy es recuerdo y lo que hace días era multitud, hoy es
una silenciosa cuasi soledad.
Este día es propicio para la reflexión. Reflexión sobre lo vivido, sobre los momentos,
sobre los adornos de flores y las vestimentas de la Virgen. Pero sobre todo, es día de reflexión
sobre lo que hemos conmemorado. Cristo ha muerto por perdonar nuestros pecados y
debemos fijarnos en su figura.
Hemos contemplado cómo el Rey de reyes entraba aclamado en una ciudad a lomos
de un pollino, como al retirarse a orar, sus amigos caían en sueño perdiendo su cuidado. En
estos días Jesús fue flagelado en una columna, fue humillado, abofeteado y coronado de
espinas. Tuvo que cargar con la pesada cruz en la que luego moriría. La cruz de nuestro
pecado. Y pese a todo ello, Él murió perdonando a quienes todo aquello le hacían. Murió
prometiendo el paraíso a quién en Él creyó. Y yo pienso: ¿de qué ha servido ese sufrimiento, si
nosotros no somos capaces de perdonar? ¿O de tan siquiera pedir perdón?
Y viviendo junto a Él ese Calvario, su Madre, la Virgen María. La divina mujer en la que
los Cristianos debemos encontrar refugio en nuestro dolor, en nuestra desesperación, porque
solo Ella es el consuelo, solo Ella, la única verdad.
-VIGILIA PASCUALY
llegó la Noche Santa. Como proclama el solemne Pregón Pascual: «Esta es la noche,
en la que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del Abismo». Esta noche
culmina el misterio de la Salvación.
La oscuridad de la Parroquia, iluminada solo por la tenue luz de las velitas que han
tomado su Luz del Cirio Pascual, va dando paso a la de la Resurrección. Desde esta noche ya
no habrá más tinieblas porque ¡Cristo ha resucitado! Desde esta noche de Pascua ya no habrá
más tinieblas porque ha vuelto a la vida quien es Dios de Dios y Luz de Luz.
Flores y ornamentos blancos dan más fuerza si cabe a la luz de este cirio que hoy se
ilumina con fuego sagrado y que es para nosotros, pilar donde apoyar nuestra vida y a la vez,
faro seguro que nos guiará e iluminará hasta el último día terrenal.
Las campanas rompen su silencio en el rezo del Gloria. El Santísimo Cristo Resucitado,
desde su trono preside la celebración con la que culmina el Triduo Pascual y mañana domingo
será trasladado en una gloriosa y colorista procesión hasta la iglesia de la Vera Cruz, donde
permanecerá durante todo el tiempo de Pascua.
DOMINGO DE RESURRECCIÓN
A su llegada a la iglesia, con el rezo del Te Deum se cierra la Semana Santa pero no
termina la labor del albacea. En apenas una semana estará en la calle la Madre de Dios,
Nuestra Señora de la Cabeza. La estación se prepara para recibir con el corazón a la Señora. De
nuevo, preparativos, flores y amor, mucho amor.
Y es el Amor de los Amores Quien tomará las calles de Álora el sexagésimo día de
Pascua. El día que relumbra más que el sol, porque Jesús Sacramentado sale a la calle. De
nuevo se verán juntos al albacea y al niño que lo acompaña, corriendo de un sitio a otro. En
sus manos las espigas segadas de las faldas del monte Hacho, el que hace poco más de un mes
era Gólgota y que hoy encumbra glorioso el símbolo de los Cristianos. Y el racimo de uvas
nuevas de parra que simbolizarán el pan y el vino y que han de adornar el altar en el que
descansará en su caminar el Único verdadero Señor, centro y motor de la vida del Cristiano. Y
la Bendición que se derramará desde la Custodia volverá a fortalecer nuestra vida y nuestras
ganas de seguir al servicio de Jesús, para Mayor Gloria de Dios.
FINAL
Esta es nuestra Semana Grande, la de los cristianos, la del pueblo de Álora, la que
vemos, palpamos y disfrutamos, pero este humilde albacea, revestido hoy de pregonero, ha
hecho su propia Semana Santa a base de vivencias y sentimientos, y para él, todo lo que se
vive en estos días se resume en unas cortas horas, las previas a la procesión de su Señor de las
Torres.
Se lo voy a contar, imaginen por un momento que me acompañan.
*(Comienza a sonar la marcha «Nazareno de las Torres»)
Tras preparar mi túnica y el manojo de las llaves, vestido con camisa blanca y los
zapatos del Jueves Santo, me voy a las Torres, mientras todos descansan. Tengo que estar con
Él, esperando para abrir la puerta a cada visita. Pero antes, al final de la calle Atrás, la parada
es obligada: San Juan y la Virgen del amor, maravillosamente arreglados en su trono.
Recuerdos de grandes momentos, grandes personas y corazones aún mayores, y
conversaciones con ella. Una rosa se asoma tímida en el borde del trono, al verla, sonrío.
¡Y mi Virgen de los Dolores! Un poquito de mi corazón es doloroso, no podía ser de
otra manera. Contemplo sus lágrimas y las mías asoman a mis ojos. Bajo su manto, el más
bello homenaje a los que ya no están. Los nombres de mujeres y hombres que durante su vida
le dieron su amor.
Subo la calle Ancha saludando a los vecinos que terminan de engalanar sus fachadas y
llego a la capilla de las Torres donde me esperan Ellos tres. Prendo un poco de incienso y paseo
con él ante la Virgen de las Ánimas, el Señor y el Cristo de los Estudiantes. Empieza aquí «mi
Semana Santa».
En esos momentos de intimidad en la capilla, la Sagrada Imagen de Jesús me trasmite
quietud, serenidad, alegría. Me hace revivir la ilusión del niño que con trece años subió por
primera vez a ese trono dorado y del que nunca querrá bajar. Son estos momentos de sosiego
en los que uno abre el corazón, da gracias por el regalo que día a día me hace, al ver un nuevo
sol y pido. Pido por mis amigos, por mi familia, por los que quiero, nunca por mí.
Comienza el goteo de visitas que quieren pasar un ratito ante las imágenes.
Fotografías, piropos, recuerdos de quienes antes que yo, estaban esa tarde en la capilla
desempeñando mi labor. Una de las visitas, ¡la más esperada! Mi madre, que llega con mi
hermana y David, muchas veces también llega mi Blanca con ellos. Me traen un dulce, que
también hay que comer «mira que luego la noche es muy larga». …Y es que no hay na’ como
una madre.
A eso de las cinco el aire me trae el eco de tambores que resuenan en la Fuente Arriba.
Las bandas están entrando y de un momento a otro recibo la llamada, mi hermana pone el
móvil en alto para que escuche el Bolero, ¡los Paracas ya están aquí! Pronto empezará a llegar
el personal.
Y hablo de nuevo con Él:
Parece que estamos llegando al final de mi Semana Santa, Padre. La paz que reinaba
hace unos instantes, en la que solo estábamos Tú y yo, se torna ahora un pequeño caos.
Portadores que llegan nerviosos, que se revisten con su túnica y me piden que anude
sus cordones. «¡Qué honor Antonio, las manos que han atado los Cordones del Señor han
atado ahora los míos…!» Me dicen. Lo que no saben es que más honor me hacen ellos a mí.
Nazarenos ilusionados que buscan su estandarte, su bocina o su maza. Ayudo a los
más grandes a revestirse con las albas y las dalmáticas. Cogen su cirial y salen al patio, donde
van formando el cortejo.
Otro nazareno da vueltas como loco buscando la canasta de las almohadillas
–Niño, ¿no os tengo dicho que están debajo de la mesa?
-La mía la tendrás guarda’ ¿no?
-Si hombre, la más gordita te la guardé esta mañana, ahora te la doy…
Juanillo Zurrapa está contando portadores como loco. Nada más que le sale la cuenta
manda bajar el trono al suelo, ahora te miro a los ojos y te pido lo de siempre, «Padre, que no
pase nada, que todo vaya bien en estos días». Mientras, Juanito aprovecha para estirar en
condiciones la túnica, ¡que tenía una arruga mu’ fea!
Entro en la capilla y no veo nada por la nube que se ha formado. La niña del incienso
acaba de avivar el carbón y Javi ha echado la primera cucharada de grano de la fragante resina,
el aroma llega al cielo y una sonrisa cercana alegra nuestros corazones.
Ya está todo listo, solo falta encender las velas de tus faroles. Y con cada una de ellas
un agradecimiento.
I - Gracias Padre por mi familia, que es lo más grande que se puede tener en la vida. Amor
sobre todo y sin peros, eso es la familia.
II- Gracias por mis amigos, mi otra familia, la que yo elegí. Los que están desde siempre, los
que han llegado y hasta por los que se fueron. Gracias por el apoyo que suponen en los malos
momentos, Gracias por su entrega y porque nuestros corazones se hayan unido para siempre
gritando un ¡VIVA!
III- Y gracias por los que gozan hoy de tu Abrazo Eterno, el ejemplo que me dieron me hace
hoy sacar fuerzas para culminar mis proyectos como persona y para trabajar incansable por y
para la Semana Santa de mi pueblo.
-
IV- Gracias Señor por mi querida Hermandad, con la que también he crecido en lo físico y en lo
espiritual. Te pido que los nuevos hermanos que van llegando se sigan entusiasmando e
ilusionando como en su día lo hicimos los que hoy estamos aquí, porque en ellos está el futuro.
V- Gracias por todas las Cofradías de Álora, de las que tanto he aprendido y tan buenos amigos
y hermanos me han dado. No comprendería mi Semana Santa si solo una de ellas faltara.
VI- Gracias por las vivencias en mi hermandad de la Virgen de Flores y por la que, desde hoy, es
mía también, aunque siempre lo ha sido, la de San Juan.
-
VII- Gracias Padre por enseñarnos a amar como Tú nos amaste.
VIII- Gracias por enseñarnos a perdonar como Tú perdonaste a quienes injustamente te
quitaban la vida.
IX- Y gracias Señor, porque en aquella cena Pascual, te quedaste para siempre con nosotros en
el Sagrario.
-
X – Gracias SEÑOR DE LAS TORRES por tus Palabras desde la Cruz. Cuando viendo a tu Madre y
a tu discípulo amado dijiste: «ahí tienes a tu Madre».
XI- Y en SAN JUAN me veo reflejado, porque antes de morir le entregaste a tu Madre y en él,
nos la entregaste a nosotros. La Madre de Dios es desde entonces Madre nuestra. MADRE DEL
AMOR que Cristo nos da.
XII- Y gracias infinitas Padre, porque en este bendito pueblo, en Álora, a nuestra madre del
Cielo la llamaremos siempre ¡¡FLORES!!
Ahora sí, todo está ya listo, la banda termina de formar, parece que el cornetín de un
momento a otro hará la llamada del himno. Entre tanto, en estos últimos momentos te pido
como siempre que oigas a quien te pide, consueles a quien te llore, sonrías a quien te dé
gracias y mires con misericordia a todos cuantos en este mundo te miramos y vemos en Ti, el
camino hacia Dios, Nuestro Padre.
Y pienso en mí. ¿Por qué yo entre tantos, Padre? ¡Yo, que tan poco mérito hice para
tan alta recompensa! Desde muy pequeño me convertiste en la persona más orgullosa del
mundo porque me dejaste acercarme a Tí, y hoy, cuando te veo preparado y con todo un
pueblo esperándote; desde la puerta de las Torres, convertido en aquel niño y junto a mi
amigo Juan, solo puedo decirte, una vez más, y que sea por todos los años que Tú quieras,:
¡GRACIAS SEÑOR, POR ESTE PRIVILEGIO QUE ME HAS DADO!
-SUENA UN TOQUE DE ATENCIÓN DE CAMPANAYa
suena la campana, la procesión está a punto de empezar, el pueblo busca su sitio en
el varal para meter el hombro en esta Semana Santa. Sí, en la Semana Santa, porque esta
campana no anuncia que ha de levantarse tu trono, ¡no! Esta campana llena el aire con su
sonido de algo más que una simple llamada, como heraldo de una gran noticia, la campana
anuncia al mundo un mensaje que es tan alto como el timbre de su sonido y tan sólido como
bronce de su cuerpo y es que:
¡¡CRISTO ESTÁ VIVO, Y ÁLORA REVIVIRÁ LA MÁS BELLA HISTORIA DE
AMOR FRATERNO: SU PASIÓN, MUERTE Y RESURRECCIÓN, EN LA
SEMANA SANTA QUE EMPIEZA!!
-SUENAN LOS TRES TOQUES RESTANTES DE LLAMADA DE UN TRONOMálaga,
29 de Marzo de 2019
Antonio Morillas Lería

PRESENTACIÓN DEL CARTEL 2018

Presentación Cartel Oficial Semana Santa Álora
Reverendo Señor Cura Párroco, Alcalde del pueblo de Álora, Autoridades, Hermana Mayor, Hermanos Mayores de todas las cofradías de Pasión y Gloria, cofrades BUENAS NOCHES.

Qué suerte la mía, poder venir aquí a hablarte, que suerte la mía poder estar aquí frente a ti… que suerte la mía…
Quien me diría a mí, que mi profesor de Educación Física, Carlos Dimas, hace ya… algunos años, un día como hoy, me presentaría, y además daría paso a esta conversación que vamos a mantener tú y yo durante un rato, compartiendola con todos los presentes a los que agradezco su presencia.
Yo, la nieta mayor de Antonio y Lola, tú bien me conoces, no hace falta explicarte mucho. Tú, mi apoyo en tantos momentos, hoy, vengo aquí a agradecerte tanto y quiero recordar junto a ti todos los momentos que hemos vivido desde que tan sólo era una niña.

¿Por qué empezar? Quizás por este último año, donde tú, junto a mi padre del brazo, me llevasteis al altar, vestida de blanco, como mi saya favorita de María, a la que no abandonas nunca y siempre tienes a tu lado…
Fíjate, hace ya, más de diez años, conseguimos que
se uniera a nuestra cofradía y parroquia, en la que nos
dimos el sí quiero el pasado septiembre, un pizarreño,
el cual vivía la Semana Santa desde fuera de una forma
distinta y a día de hoy es uno más de nuestra pequeña,
pero a la vez gran familia.

¿Cuántas veces he estado aquí vistiéndoos, sentada
en las escaleras? Días de bullicio, prisas e
incertidumbre, pues la semana grande se acercaba…
Hablándote de la semana grande, aquí me detendré
un poco y te recordaré aquel primer año que no te
acompañé, aquel año, que con mi saxofón al cuello,
entraba a tu templo, y justo, en ese preciso instante, se
encendieron las luces de tu trono, ¡y quién me dice a mí
que eso, es coincidencia!, yo sin mi túnica, tú por la calle
Benito Suárez, y yo, en Plaza baja, aunque reconozco,
que a la vez me sentía orgullosa, orgullosa de ir tras el
manto y palio de Dolores.

No han sido pocas las veces que mi abuelo me ha
visto con algún amigo en Semana Santa y me ha dicho la
frase de: ¿Y este, que haces con este? ¿No irá a venir a la
casa con esa túnica, no? Allí todos los de “Dolores, los del
señor… da igual el color” tienen la entrada prohibida…
Pero tú sabes que me reía cuando mi abuelo decía eso,
bien sabías lo que pensaba, en la casa del largo la plaza,
no hay corazón que no sienta alguna imagen de pasión
de nuestro pueblo.
Y ahora me pregunto ¿será por esto, por lo que tras
de ti tantos años ha ido tu banda tocándote, donde
muchos de los componentes, pertenecían a otra
cofradía?
Aún me queda una duda, ¿eras tú, cuando de
pequeña se ensayaba esa peculiar marcha con las gaitas
en mi casa hasta altas horas de la noche, quien me
ayudaba a conciliar el sueño? ¿eras tú quien daba
fuerzas a mi padre para luchar por la banda, cuando
todo parecía estar en contra?
En mi casa ha habido de todo, trinchas, manoplas,
ropa, cornetas, banderas… pero, ¿Cuántas túnicas de
diferentes cofradías ha habido?
Bueno, quizá no tantas, porque llegaba el domingo
de ramos y tenía mi túnica blanca con sus botones
celestes, y justo, al entrar “la pollinica” por la puerta de
nuestra iglesia, estaba mi madre preparada y
rápidamente cambiaba los botones celestes por rojo, y
ya “tenía mi túnica para subir al calvario”, que… no ha
sido sólo de pequeña cuando he acompañado al señor
del huerto, imagen por la cual siento una especial
devoción…
¿Te acuerdas de los lunes, martes y miércoles, días
intensos, de un lado para otro donde antes los
miércoles, hasta altas horas de la madrugada estábamos
ultimado detalles, y llegaba el jueves casi sin darnos
cuenta?

Y aquí, ya siendo Jueves Santo, primera y obligada
visita, Calle Ancha, tengo que subir temprano, porque
después, no tendré tiempo. “Lería, que feo está………....
Pa` reventá, me contestaba él”, y así, entre bromas,
echábamos un rato, hasta que tocaba bajar de nuevo,
para seguir ultimando detalles.
Después del encuentro de bandas y ya con nuestras
túnicas preparadas, se ven tus varales asomar por la
puerta, pero, espero que me disculpes, porque mi
mirada se clava en El Nazareno y Estudiantes entrando
a la Plaza Baja, que elegancia desprenden….
Ahora ya es tu momento, no tengo ojos para mirar
a otro lado, los nervios y tensión de los hombres de
trono se palpan en el ambiente, es el momento de salir y
verte pasear por las calles de tu pueblo, con ese paso
lento y elegante que te caracteriza.
Terminaba el jueves, después de verte subir Calle
La Parra o bajar Calle Santa Ana, entre otras muchas
escenas, pero yo, personalmente, me quedo con esas y
que no quedase ningún clavel en tu trono, llegábamos a
casa de mis abuelos, allí ya teníamos las camas
preparadas, porque de pequeñas siempre dormíamos
todos juntos.

El viernes no era menos tranquilo, tú bien sabes
que Lola preparaba comida para casi todo el pueblo… el
despertador sonaba bien temprano, y no un
despertador normal, si no Brigada y Legión entrando a
La Plaza, y nosotras en pijama a los balcones, mientras
mi abuela, siempre preocupada, nos decía ¡taparos, que
os echan fotos y estáis en pijama!
A partir de ahí la casa era un no parar, el olor a
potaje y los platos de ensaladilla rusa, inundaban la casa
entera, hasta que ¡corre, corre! Que viene por la calle
Benito Suarez, y ahí todos al balcón.
Una vez acabada ‘la despedía’, tocaba volver a casa,
parada en Vera Cruz, y ver esas caras de nervios que en
nosotros ya habían pasado, La Piedad estaba lista para
salir, aunque he de confesar que no vi la imagen de La
Piedad en la calle hasta hace unos años, pues
procesiones en Pizarra con la banda, y después con la
municipal acompañando a las Ánimas me lo impedían…
Sin ser las siete de la tarde, ya preparada una vez
más y, Calle Ancha arriba, aunque a veces, la
interminable cola de penitentes me impedía ver la
salida, yo tengo la necesidad de acompañarla.
Hoy, aquí a tu lado, te pido por todos, por mi familia,
por mis amigos y por todos aquellos que luchan cada
año para que Álora tenga una Semana Santa tal y como
la tiene, porque esa semana tan sólo es el reflejo de un
año de trabajo constante, ayuda a los más necesitados,
reuniones de convivencia e ilusión.
Podría seguir con mil historias más, aquí junto a
vosotros en el baptisterio, pero tan sólo voy a
describiros esta maravillosa fotografía que nos
recuerda que la semana grande está al llegar.
Aquí, y justo en el mismo lugar del que os he estado
hablando, os encontráis, los rayos del sol entran por la
ventana, y que casualidad, casi se reflejan en esa saya,
que tú y yo sabemos muy bien por qué es mi favorita, tu
mirada clavada en ella, serenidad, amor… vuestra casa
y… las puertas como siempre, abiertas a quien quiera
entrar.

Mateo García ha realizado para nuestra cofradía un
trabajo magistral en el que no sólo refleja vuestras
imágenes, ¡qué bien os conoce ya…!, no es la primera vez
que tiene un encuentro con vosotros y su cámara! es por
ello, por lo que, además, ha sabido plasmar vuestra casa,
la luz de esperanza e ilusión que nos dan fuerzas cada
año para seguir.
En nombre de la Cofradía, hoy tengo yo el honor de
ser que quien le de las gracias por haber realizado esta
magnífica obra, sin más, solicito la presencia del Señor
Alcalde y Mateo García, autor de dicho trabajo para
desvelar el motivo por el que nos encontramos aquí

MUCHAS GRACIAS.

 

PRESENTACIÓN DEL CARTEL 2017

11 de Marzo de 2017, Iglesia de la Encarnación de Álora.

Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado.
No hay amor más grande que dar la vida por los amigos.
Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando.
Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.
Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros.
(Juan, Capitulo 15 versículos 12-17 El mandamiento del amor)

Señor Cura Párroco y director espiritual de la Iglesia de Álora, Excmo. Señor Alcalde del Ayuntamiento Álora, Hermana Mayor y miembros de la junta de Gobierno de nuestra COFRADÍA MARÍA SANTÍSIMA DEL AMOR Y SAN JUAN EVANGELISTA de Álora, Hermanos Mayores de las Diferentes Cofradías de Pasión y Gloria de Álora, hermanos cofrades, amigas y amigos todos, buenas noches.

Una tarde de este invierno estando en casa de mi madre me llama mi amigo Paco Martos y me propone que presente el cartel anunciador de la salida procesional este año. ¿Yo? En toda esa conversación, destaca por encima del resto el consejo de mi amigo Paco: “Carlos Dimas, tú no te preocupes, se tu mismo”. Tras unos segundos, solo unos segundos de dudas digo, -¿y por qué no? Vamos Carlos, tu eres capaz”. Allí estaba yo dispuesto a subirme a este atril vistiendo mis mejores galas, con mi pin y mi medalla y contarles mi particular visión de la semana santa y mis vivencias en esta cofradía como hombre de trono.

Sin embargo, es conforme pasan los días, investigo, leo y leo, analizo pregones de aquí y de allá, relatos de Semana Santa que hacen poner los pelos de escarpia al más incrédulo. Y es entonces en el momento que repaso las presentaciones de años anteriores cuando invade un pánico terrible. Preso de mis propias limitaciones, se me derrumban todas las ideas, no dejo de ver la pantalla de mi ordenador palabras que no tienen sentido, ¿Qué voy a decir yo? ¿Yo? ¿Qué voy a presentar yo? No me merezco el honor de anunciar el cartel de este año.
Nunca me consideré un gran hermano de la semana santa. No he estado siempre pegado al ambiente cofrade. No nací en el seno de una familia arraigada a una hermandad concreta. De hecho en estas fechas, mis padres disponían de poco tiempo pues más ocupación le requería su profesión. Sin embargo pudieron transmitir el amor y la devoción por la Semana Santa, por Álora, por sus gentes, sus costumbres. Amor por sus tradiciones, hermandades y cofradías, por la manera de vivir y sentir con el máximo respeto a los sagrados titulares con salida procesional de nuestra semana mayor; por la manera de vivir y sentir la pasión, muerte y resurrección de Jesús.

Mi padre, por tener una visión especial y que tras un objetivo podía captar en una imagen, en un momento, no sólo la figura de una persona, no solo el retrato, sino un rostro que refleja toda una serie de sentimientos que engloban el Amor por la Semana Santa, amor y sentimientos que aflora y que relucen en esa imagen como un áurea. No sólo captaba el gesto puntual, sino todo el trabajo, el esfuerzo y la dedicación previa, el antes y después de una semana, que llenará de vivencias y que formarán parte de la historia personal de la Semana Santa de cada uno. Mi padre, a quien agradezco eternamente el haberme inculcado esos valores de pasión, respeto y devoción, y que si estuviese aquí, estaría sentado ahí en un lateral, con sus piernas cruzadas, sus brazos también cruzados y apoyados dulcemente sobre sus rodillas, con una sonrisa pícara, que no acierto adivinar si transmite ilusión, orgullo y devoción e incluso timidez por haberlo nombrado. Seguramente estarás ahí sentado.

No, yo no pasé horas interminables cortando telas para confeccionar túnicas; no, mis manos no se endurecieron entre gubias y formones para dar vida a la madera y tallar el más bello trono, tampoco se me picaron con el cemento tratando de arreglar la casa hermandad, yo no perdía la vista año tras año colocando minuciosamente clavel a clavel, rosa a rosa para formar un dócil manto de flores; no se me mancharon mis manos puliendo el metal y limpiando enseres, colocando almohadillas, repartiendo túnicas, cirios, incluso tampoco se me cansaron las manos cortando el pan preparando bocadillos que aparecen como un manjar tras una larga noche de penitencia. No me dolía la cabeza ni me oprimía el pecho cuadrando números, buscando desesperadamente el momento de decir con resignación “bueno, vamos justos pero saldremos de estas”. No, yo no merezco este privilegio, este honor. Son esos cofrades, esos hermanos y hermanas, las personas que lo merecen, esas son las verdaderas manos que deben sujetar hoy este atril y susurrarnos con su humilde voz de donde aflora esa pasión, esa fe, ese AMOR que le da fuerza para seguir luchando, trabajando para poder procesionar con orgullo a nuestros sagrados titulares por las calles de nuestro pueblo. Esas deberían ser las manos que luego destaparán y revelaran el secreto de nuestro cartel anunciador.

Pánico. Un pánico terrible que me hizo incluso pensar en renunciar a semejante honor. Y sin embargo aquí estoy. Como no puedo estar aquí. Como no mostrar un poco de esfuerzo y sacrificio. Como decir que no a Juan el Amado y nuestra madre, Virgen Santísima del Amor. Os contare mi historia.

Desde temprana edad paseaba por las calles de nuestro pueblo y podía sentir el fervor por nuestra semana santa. No llegaba a los cuatro años cuando ya vi mi primera despedida. No creo que hoy dejase a mi hijo pequeño vivirla solo. Como dije, mis padres no podían acompañarme. Eran otros tiempos.
Viví las semanas Santas de infancia, acompañando a mis amigos que si estaban arraigados en una u otra cofradía, tratando de ayudar en tareas. Las vivía en interminables filas de cirios, con una bola de cera en la mano, gritando vivas, y acompañando a más procesiones que el “camas”. Después, innumerables años de juventud, portando el Cristo de los estudiantes, compartiendo varales con mis hermanos y mis amigos. Arrimando el hombro junto a Fernando, Gregorio, Alfonsito, Antoñito Parra, de quien aún conservo una corbata que me prestó un año y que ya no puedo devolver.

Éramos jóvenes, con nuestro pelo engominado, y nuestros trajes, que rara vez coincidían el color de los pantalones con el de la chaqueta, pero que nos hacía sentirnos importantes, que éramos parte de la Semana Santa de Álora. Nos hacía parecernos a esos hombres y mujeres, a esos cofrades, de los que he hablado antes, que veíamos desde pequeño, año tras año, día tras día, trabajando y ultimando detalles, y que la mayoría aún siguen haciéndolo.

Cada año, tras la entrada en la Plaza Baja de la despedía y al comenzar a abandonar esta por la calle zapata, miraba siempre a la derecha, por encima de los varales cubiertos de guantes blancos, y entre las cabezas de los demás portadores, haciendo un esfuerzo para girar el cuello de manera contorsionada y poder observar la salida de San Juan, Entonces procesionaba solo. Aparecía en la plaza entre un replicar enérgico de tambores que transmitía la fuerza e ilusión de esta cofradía. Algo especial me atraía ya. Y tras años estudiando fuera, abandoné el ambiente cofrade, convirtiéndome en un semana santero más.

(melodía "naufrago") Fue entonces, en 2006 cuando me encomendé a San Juan Bautista y a la Virgen del Amor. Tras una larga y ardua racha de problemas, dificultades personales y familiares, "naufrago" de mi destino, en un momento de debilidad, duditativo de fe. Le miré mientras procesionaba por la fuente arriba camino de la calle atrás. Yo, con el corazón a medio escribir no me sentía con fuerzas de aguantarle la mirada, quería decirle tantas cosas, y le pedí, no para mi, le pedí para alguien. Pedí desde lo más profundo de mi corazón, rezé mis plegarias allí mismo, en mitad del gentío y el bullicio de la calle, pedí su ayuda. Y escuchó mis plegarias, y le ayudó, Y yo cumpliría la promesa. Y fue entonces cuando decidí aportar un pequeño granito de arena. Arrimaré el hombro y portaré en procesión a los sagrados titulares. Como no cumplir mí promesa.

Siguiente primavera, cálida tarde noche del jueves santo, con mi túnica verde, prestada por la cofradía, hecha con las manos sencillas de mujeres humildes y de gran devoción, destacados botones de terciopelo rojo, y rojo brillante cíngulo con borlas de largos flecos, el cual no sabía ni cuantas vueltas dar, ni como anudar, me dirigía caminando hacia nuestro templo sagrado, hacia la plaza baja, hacia nuestra la iglesia de la Encarnación. Por el camino, en la calle la parra otra estampa: el sol dorado acariciando las fachadas del castillo por última vez ese día. Y tras llegar a la iglesia, hervidero de sentimientos y fervor, unos minutos observando en silencio cada detalle del trono, cada detalle de las imágenes de La virgen María Santísima del Amor y como no de San Juan Evangelista. A pesar del bullicio parece que me encuentro solo ante ellos. Y cuando entro en el baptisterio para coger la faraona, un escalofrío corto e intenso me invadió, había vivido eso antes. En un instante viajé unos treinta y tantos años en el tiempo, cuando un domingo por la mañana, siendo niño, en un bautizo acompañando a mi padre, me adentré giré la cabeza, y al fondo, tras una cortina de luz tenue y cálida, se percibía una silueta. Era la imagen de San Juan. Miedo al principio, y sin atreverme a mirarle fijamente, me acerque con paso lento, esperando un empujón de valentía y de confianza. Tan cerca ya que podía observar todos los contornos de su delicado rostro. Su belleza natural que transmite una pureza y te dice “acercate sin miedo”. Yo soy Juan, el discípulo el Amado. Traté de aproximar mis dedos de niño y tocar los suyos, pero no me atreví. Es el primer recuerdo consciente que tengo de esta imagen, y ya me di cuenta que algo especial habría entre nosotros.
Entonces, un sonido agudo, del vibrante contacto del mazo con la campana me trajo de nuevo al presente. (marcha "Cristo del Amor")

Es el momento. Mis manos se aferran al varal, que será mi cruz y mi compañero en esta noche de procesión. Y al igual que el resto de los hombres de trono, me encomiendo a las órdenes del capataz que sostiene el mazo con firmeza y seguridad y que a golpe de campana nos guiará el camino, que nos aconsejará antes de girar cada esquina, antes de salvar cada obstáculo. ¡Vamos señores! ¡to a una!! …esta noche lo vamos a llevar como sabemos hacerlo, despacito, suave, como se merece! Con alegría, con cariño, con AMOR, con mucho amor que al final del camino habrá unos brazos abierto esperando.

Tras una salida meticulosa, seria y ordenada. En la calle, paso lento, ritmo suave, mecida larga interminable, en cada una de ellas no veo el momento de volver a sentir el peso en los dos pies. Esto es diferente a todo lo que había sentido antes. Minutos más tarde, varias estaciones después, con mi rostro, ya sudado en silencio bajo la faraona, y con las rodillas temblando al sentir en la esquina del trono todo el peso de éste en esa curva imposible entre Benito Suárez, Algarrobo y Zapata. A través de los pequeños orificios puedo observar, los brazos en alto y los puños cerrados del portador justo a mi lado, también el último del varal, y entre sus brazos, al fondo, en la pared, la sombra de dos siluetas claramente reconocibles y una cruz, y se le hincha el pecho y escucho como grita ¡Viva San Juan! ¡Viva la Virgen del Amor! Porque entre esos “vivas” y eso piropos se va bordando el manto de fe, que le envuelve y le protege, y le servirá de escudo para absorber los más duros golpes que puede dar la vida. Y me aferro con más fuerza al varal, y por los guantes se me resbalan las manos, tratando de agarrar el pulido metal, intento trincar la almohadilla del anterior todo lo que haga falta para subir esa rampa interminable, con todo mi ímpetu, con todo mi Amor. Como un cierto Simón de Cirene, que al volver del campo, le cargaron la cruz, para la llevase detrás de Jesús. Y sacó fuerzas de donde no las hay para aliviar el peso de la cruz. He aquí mi penitencia.

Pueden ser más o menos bellas mis palabras, pero nunca podrán en su totalidad describir tal cúmulo de sentimientos que afloraron de los más adentro de mi persona. Promesa, sacrificio, tal como el no estar en esos momentos con los seres que más quiero, mi mujer y mis hijos. Ese sentimiento me lleva, pese a no disponer de tiempo para aportar más dedicación a la cofradía, a repetir a año tras año como hombre de trono, y a estar esta noche aquí con ustedes.

(marcha "Amor y San Juan")
Con este regalo sonando de fondo, “Amor y San Juan”, marcha compuesta por nuestro amigo David Gutiérrez llega el momento de desvelar el secreto, el XXI Cartel anunciador de la salida procesional de MARIA SANTISIMA DEL AMOR Y SAN JUAN EVANGELISTA.

El autor del cartel, amigo perote, hermano de la semana santa, quien ha realizado ya numerosos carteles anunciadores de diferentes cofradías de pasión y gloria de Álora. El artista, Pedro Pablo Vergara, incansable tras un objetivo, da rienda suelta al arte y la pasión que corren por sus venas. Nos desvela en una instantánea, natural, sin efectos ni retoques, complejamente sencilla. Destacando los sagrados titulares de nuestra cofradía: La Cruz arbórea, San Juan y María Santísima del Amor. Desde una perspectiva tal que al mirarlo parece que nos encontramos junto a ellos, a los pies de la cruz, en el lugar que se dice de la calavera, en el momento en que Jesús al ver á la madre, y al discípulo que Él amaba, que estaba presente, dice á su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dice al discípulo: He ahí tu madre.

La imagen se detiene en el templo. Todo está en Calma. Todo sufrimiento ha acabado ya. San Juan, con cara serena consuela a la madre dolorida por la pérdida del hijo, el alivio tras el sufrimiento y la humillación. Esperando con Amor la resurrección de Cristo. Amor, no lo hay tan grande como el de una madre que perdona la muerte de un hijo.
Como comencé esta noche: Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. Vivimos en un mundo de tristeza, dolor, injusticias. Enfermedad, sufrimiento y pérdidas. No hace una semana cuando se nos fue el padre de nuestro hermano cofrade Quique. O unos días cuando nos dejó Ángela la hermana de Pepa. Un mundo marcado por las desigualdades, por las dificultades económicas, por la lucha de los padres de familia que tratan de llegar a fin de mes, que lo único que ansían es poder ofrecer una oportunidad a sus hijos para vivir una vida digna y plena. ¿Cómo combatir ese dolor?

Con Amor, como el Amor del que se entregó y dio la vida en sacrificio. Como el amor de una madre por sus hijos pequeños, a quienes protege y sostiene. Un amor que entrega todo lo que es y todo lo que tiene sin pedir nada a cambio, porque su única misión es amar y hacer feliz al ser amando. Vivamos amando. Intentemos amar en nuestra vida de cada día, en cada una de nuestras acciones,
Que no tengamos que arrepentirnos de las cosas bellas que pudimos decir y nunca dijimos. Que no tengamos que arrepentirnos de las cosas bellas que pudimos hacer y nunca hicimos. Como nos dijo Jesús y a través de San Juan:

“Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros”.
Muchas Gracias.

Muchas gracias por ofrecerme la oportunidad de contaros mi historia.
Muchas gracias a todos por escucharme.
Gracias también a ti Paloma, por tu palabras.
Solo me queda solicitarle al autor, Pedro Pablo Vergara me acompañe al altar para desvelar el cartel anunciador para quien os pido un fuerte aplauso.

Gracias

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Presentación cartel anunciador de la salida procesional de María santísima del Amor y San juan Evangelista, 2015

 


Antonio Morillas Lería, Álora, a 21 de febrero de 2015
-Parroquia de la Encarnación-

 

“Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena.  Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: "Mujer, aquí tienes a tu hijo". Luego dijo al discípulo: "Aquí tienes a tu madre". Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.” Jn 19, 25-27.

Señores Párroco y Vicario parroquial,
Hermana mayor y junta de gobierno de la Cofradía de María Santísima del Amor y San Juan Evangelista,
Hermanos mayores, hermanos y amigos,

En primer lugar quiero agradecer las cariñosas palabras con las que me has introducido, amigo Salvador, hace unos días, mientras hablábamos por teléfono, hacía memoria de tu fabulosa presentación, desde este mismo atril, del cartel que anunció la salida procesional del pasado año, dejaste el listón muy alto amigo, y yo esta noche, si bien no lo supero, que de seguro no lo haré, quisiera al menos, llegar a su altura.

En segundo lugar a vosotras, Ana Belén y Marigracia, por darme el honor de ser el presentador del cartel de vuestra hermandad, privilegio que se equipara con la enorme responsabilidad que asumí aquel 4 de octubre en el que recibí vuestra petición. Marigracia me llamo con el mismo genio y brío con que me llama el jueves santo para saber donde ando o por dónde viene el Señor…como pa` decirle que no. Bromas aparte,  quiero aprovechar la ocasión para desearte a ti y a tu junta de gobierno, la mejor de las suertes para la andadura que hoy comenzáis en la que me consta, seguiréis trabajando igual de duro por y para vuestra Cofradía.

Dicho esto, llega la hora de comenzar con mi cometido de esta noche. Las marchas de semana santa se suceden en ambiente de mi habitación, oigo Amor y San Juan  en un intento de transportarme a la tarde noche del Jueves Santo de mi pueblo. No tardo mucho, ya que el fragmento del Evangelio de Juan que encabeza mis palabras, me ha llevado a la capilla de las Torres. Estoy solo con mi Señor de las Torres y el Cristo de los estudiantes repasando, en un folio doblado en cuatro veces, la oración que contiene esas mismas palabras.

Este pasaje era hoy de obligada lectura, ya que además de ser el momento que representan los titulares de la cofradía, tiene para mí una carga sentimental y es que me lleva al momento en el que vestido con mi túnica morada da comienzo la procesión la procesión que acompaño, pero de la que me “escaqueo” por unos momentos para, desde el centro mismo la plaza baja,  ver salir los tronos de San Juan y de Dolores. Gesto este, que no comprenden muchos, ¿cómo siendo del Señor estás aquí viendo esta procesión?- Si, soy del Señor, pero a la vez soy un poquito de todas las demás, es mi respuesta, porque me apasiona la semana santa de mi pueblo, y presumo de tener buena relación con todas las cofradías de Álora.

Precisamente esta buena relación es la que me trae esta noche a estar dirigiéndome a ustedes. Sé que voy a caer en el tópico de contarles mis vivencias, pero es que en esta situación se hace inevitable, ruego pues que me perdonen por ello.

Desde muy pequeñito he sido un entusiasta de la Semana Santa, aunque disfrutaba viendo todas las procesiones, el jueves era mi día favorito, ¿cómo no lo iba a ser? Era el día que salía el Señor, el mío! “el mejó de tos” que decían, y dicen los chiquillos cada uno refiriéndose a su titular, lo que me trae a la mente acaloradas discusiones con mi amiga Ana Belén, en las que ensalzábamos sin parar las virtudes, cada una mejor que la anterior, ella de San Juan y yo del Señor de las Torres…

Como les decía, cada jueves santo esperaba ansioso el paso de los cuatro tronos por el balcón de la casa de mi abuela. Esa mañana había estado visitando las torres y la iglesia de la Encarnación, viendo ilusionado como daban los últimos retoques a las flores del Señor, a las ropas de San Juan, que entonces procesionaba solo, y a las velas del trono de Dolores. La iglesia era un hervidero, personas de aquí para allá que ultimaban nerviosos los detalles para que todo estuviera a punto. Conforme pasaban los años y volvía a mi visita a la iglesia iba recordando caras, voces, gestos… Hoy todas esas caras tienen nombre y apellidos para mí, y no solo eso, sino que he entablado amistad con muchas de estas personas.

Hoy yo soy una de esas personas que corren como loco preparando cosillas durante esa mañana y que algunos niños miran con la misma admiración con la que miraba yo a esos hombres y mujeres, deseando convertirme un día en uno de ellos. Pues bien, cumplí mi sueño, y de la mano de Juanito, de mi maestro, hoy soy uno de los albaceas de Jesús.

Y como albacea, tengo que estar en las torres tempranito, sobre la una y media o las dos, no sea que pierda mi sitio en la primera fila… Cuando salgo de casa a esa hora, con la túnica en una bolsa y en otra la merienda, -que la tarde se hace muy larga-, siempre procuro regalarme un ratito de paz en esta maravillosa iglesia parroquial de Álora, con esa iluminación natural y tan, tan especial que le confiere la luz del medio día de la primavera. En este ratito estoy solo, el silencio lo envuelve todo y aprovecho la situación para sentarme unos minutos ante el trono de mi Virgen de los Dolores para contemplarla y rezarle. Entro entre los varales bajo su manto y ayudado con la luz de la pantalla del móvil, busco la plaquita con el nombre de mi abuelo. Después hago lo mismo ante en trono de San Juan y la Virgen del Amor. Me vienen a la cabeza muchos momentos, cortando túnicas en la mesa de Lola, limpiando algunos cetros en el patio, haciendo bocadillos para la banda, y otros muchos.

Pero hay uno muy especial que atesoro con especial cariño, el de aquel 8 de septiembre en el que unos minutos antes de la procesión de la Virgen de Flores, mi amiga Ana me regaló su medalla de San Juan, la que desde entonces cuelga del cabecero de mi cama y que en ese momento, delante de san Juan sostengo entre mis manos porque además, me acompaña cada jueves Santo.

Cuando finalizo mi visita, me marcho a las torres, donde me espera Juanito para darme el relevo en esa larga espera en solitario hasta la hora de la procesión.

La procesión, ese momento que ansían todos los cofrades, y que es el fruto y el premio a un duro trabajo para que la cofradía luzca espléndida en la calle…Punto y final de un año de labor y a la vez, pistoletazo de salida para uno nuevo. De todos es sabido, que los buenos cofrades incluso antes de encerrase, como nosotros decimos, ya están pensando en las mejoras del año que viene…

No me voy a desviar más, ni les voy a aburrir con mas vivencias, nuevamente les pido me perdonen.

Francisco Sánchez ha sido el autor de la fotografía que este año anunciará la salida en procesión de san Juan y la Virgen del Amor. El cartel recoge un momento de la procesión, el trono brilla en la noche del jueves santo perote, pero como una imagen vale más que mil palabras, les invito a contemplar la obra
-(Se destapa el cartel)-
Debo hablarles del momento que yo veo, y como espectador de a pie, en este momento veo una singular belleza estética, un trono que brilla cual ascua de oro en su discurrir por las calles, el momento en el que el discípulo amado recibe en su casa a la madre de Dios, a nuestra madre la virgen del Amor, ¡que bella advocación! pero desde el punto de vista del albacea que soy, detrás de esta estampa veo muchas manos. Manos si! No se extrañen, cuando se las enumere todas, ustedes también las verán:
 en primer lugar, las manos prestas para ayudar de un buen puñado de chiquillos y chiquillas que se esmeran en hacer lo mejor que pueden el trabajo que se les ha encomendado, manos dispuestas de un hombre que no para de ultimar detalles, manos que con el sabor de los años que  han removido cielo y tierra para poder “comprar los claveles”, manos de músicos que hace años hacían sonar el tambor, girar la llave de la corneta y agarrar fuerte el banderín, manos de artista que con sus dibujos y pinturas daban vida a los carteles que precedieron a este, manos de artistas de la madera que a golpe de gubia han tallado el trono, manos que se aferran al varal en la noche de la procesión.

Manos de una mujer que con cariño ha preparado la ropa de las imágenes y las ha dispuesto en una cama a la espera de que vengan a por ella, manos de una bordadora que dibujó con hilo de oro una saya blanca para su virgen, y las de un hombre que con primor y esmero ha vestido a las imágenes, manos de otro artista, que de nuevo han pinchado las flores en la más  original disposición, manos de hombres que han entronizado al más joven de los apóstoles, manos de muchos hombres y mujeres que se ofrecen para ultimar cualquier detalle y hacer hasta el último trabajo, como el ramo que hay a los pies del trono, los petalillos de flores que quedan por barrer y la bombilla que queda por cambiar porque está fundida. Y como no, las manos que sostienen el mazo y que a golpe de campana dirigen a este grupo de buenas personas.

Esto es lo que yo veo detrás de este cartel, manos todas, que en definitiva luchan y trabajan por y para su cofradía, para su segunda familia, manos que desde el año pasado no paran de moverse y que me consta no dejarán de hacerlo. Manos y corazones que esperan ansiosos oir la campana que mandará levantar el trono, fruto y recompensa del duro trabajo. Toque de campana que a su vez anuncia el inicio de un nuevo año, pero todo esto alentado con ese respirar tranquilo, ese soplo de aire fresco que nos anima a todos los cofrades a seguir haciendo el trabajo que nos gusta hacer, ¡ese soplo no es otro que ver nuestra procesión en la calle!

Muchas gracias, he dicho.

 Parroquia de la Encarnación, Álora. 21 de febrero de 2015

 

 

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PRESENTACION CARTEL 2014

Gracias Miguel

A todos los presentes, y a los ausentes. Reverendo Párroco, Excmo Señor Alcalde, Autoridades, Hermana Mayor, Hermanas y Hermanos Mayores de las distintas cofradías de Pasión y Gloria, ¿Hermanos todos?....buenas noches.

Hoy estoy aquí ante ustedes no porque la cofradía de Amor y San Juan me propusiese presentar el cartel de su salida procesional de Semana Santa,  sino porque fui yo quien me ofrecí a hacerlo, de tal manera que aceptaron gustosamente. Casi siempre te lo piden y uno acepta,… o no, este era mi caso, pues su Hermana Mayor,  Marigracia, ya me lo propuso anteriormente en repetidas ocasiones y  yo siempre me negaba. No me veía capacitado para asumir tal responsabilidad, y ahora quizás tampoco.

Pero ya no hay vuelta atrás; ahora quizás lo haga  como el que se lanza al abismo sin saber lo que le espera, o sabiéndolo, porque el batacazo es seguro, cuando lo haces por desesperación.

Qué decir de mí. ¿Cómo lo diría?; qué decir de mis experiencias personales, de mis comienzos en el seno de San Juan…Ah! San Juan…el discípulo amado.

Amado primeramente por su creador, el imaginero granadino Nicolás Prados  López, que seguro, en aquellos años cuarenta, en alguna ocasión, se le escaparía un golpe de gubia en aquella madera de pino, doliéndole tanto como si se lo hubiese dado él mismo, y que, una vez terminado, lo admiraría durante horas, regocijándose de cada perfil, de cada bucle de su cabello, de cada punto sacado de su rostro por el compás o la plomada   , de su policromía,… de su mirada cristalina llena de esperanza, y sobre todo pensando  en la enorme responsabilidad que es para un artista, crear, no solo una obra de arte, sino que ese rostro esculpido con sus manos sea el reflejo de la fe de miles de personas ;

Amado por su cofradía, por su gente,  que, en el credo de unos labios rítmicos y mudos, y sumergidos en un estado de concentración y fe, acuden a su poder elevado, aferrándose  a él como el moribundo a su último gramo de aire.

 Y amado por aquella persona que un día depositó bajo su túnica un pequeño objeto metálico impregnado de esperanza.

¡ Ayy San Juan ...cuántas veces habrás discutido con tu jefe lo incomprensible que es la vida, acatando luego que ésta sigue y no hay más.

Permítanme que con estas pocas palabras conmemore el 40 aniversario de su salida procesional  cómo faro y refugio que ha sido y es en la tempestad.

Si vuelvo a mí, a mis comienzos, he de ser sincero; porque mi corazón no palpitaba al pasar un trono, porque mi boca no sellaba sus labios ante unos pies descalzos, porque mis oídos no escuchaban ningún llanto de corneta, porque mis ojos no veían lo que otros.

Yo no nací entre varales, ni entre túnicas colgadas en su perchero, ni entre filas interminables de cirios andantes, ni de sonidos lejanos de una marcha donde tu corazón palpita  a paso lento; igual ahora ni tan siquiera estaría aquí.

Fue por una persona que empecé a tapar mi rostro de rojo y verde, aunque esta noche más que cubrir quisiera descubrir y compartir esta… expiación de mí conciencia.

 

Expiación sí, porque hoy mi intención no es la de recordar mis buenos momentos, como se suele hacer en estos casos, sino examinarme ante un jurado que espero me apruebe. Son tantas experiencias vividas y algunas que te hacen morir que  necesitaría más tiempo del disponible y cada una de ellas es merecedora de su recuerdo, de expresarlas y, porque no, de ponerlas en su sitio, pero no puedo: soy yo quien debe ponerse antes en su sitio, valga la redundancia. No quisiera que mi Hermana Mayor se sintiese defraudada, ni que esta cofradía pusiera alguna vez la mano en el fuego por mí, no lo merezco. Por eso no hablaré de mí.

Precisamente muchas manos han escrito  la historia de esta cofradía, manos que, con mucho esfuerzo, han pulido metales y limpiado cera, pero a gusto, hablando con los pequeños que se acercaban al baptisterio para elegir qué banderín o qué enseres coger para sentir lo que yo no sentía con su edad;

-Jaramillooo ¡¡

- Quee Antonio¡¡

- hay que pedir zablazos, hay que subir el trono, hay que ayudarle a Miguel, vete con el Paloma a por la túnicas y las almohadillas, hay que bajar los enseres del almacenillo.

-vaaaale…pero yo no subo arriba, yo sujeto la escalera.

Manos que han tallado la madera dándole vida, verdaderos maestros que dejaban su trabajo de carpintero para dedicarse a su cofradía, capaces de realizar el más bello trono para cualquier imagen de su pueblo; incluso mis manos llegaron a probar el contacto entre gubia y madera guiadas por su experiencia pero, negadas para este bello arte, prefería observarles como muchos que allí en su taller, en la Plaza Baja, se reunían para deleitarse en una grata mañana mirando, que no viendo,  como Sebastián… Sebas y Quique, adoptando la postura correcta, y con aquella afilada herramienta, acometían la madera de cedro o caoba, aunque más bien no es acometer la palabra exacta sino acariciar, y sólo paraban para cambiar la cinta de aquel radiocassette lleno de polvo y serrín que aún así dejaba salir aquellas marchas de alguna banda de cornetas y tambores que servían de reclamo para todos los allí presentes y que sonaba siempre por estas fechas:

-Quique, dale la vuelta a la cinta…dásela tú...le contestaba él.

Manos que han levantado  un trono crujiendo sus huesos, y el alma, por saber y sentir que a veces debía soportar el del ausente, aquel que con su hombro puede aligerar tan pesada carga. La fe mueve montañas y a veces, aunque no se tenga, también puede mover un trono y llevarlo como un barco en la mar calmada o contra viento y marea, empujado por su valiente y firme capitana, capaz de cruzar cualquier tormenta y conducido por su segundo de a bordo , bajo el timón de la experiencia y la confianza que da su túnica verde aterciopelada a golpe de campana, soportado por hombros  de hombres y mujeres que no achican y resguardados todos por el que siempre está el último, eso dice él, aunque para esta hermandad siempre será el primero.

- Bueno, aquí to a una¡¡…esta noche lo vamos a llevar despacito y sin correr, yo estoy detrás y no quiero una sola voz : Vámonos Paco

- Marigracia, no te preocupes, todo saldrá bien

- sí, Si Dios quiere.

 Manos que han trenzado la aneja del rio con perfecta simetría; con un vocabulario en el que nunca faltaba la palabra Hermano; allí sentado en una silla, también de aneja, donde la pesada puerta central de entrada a la iglesia permanecía entreabierta, dejando pasar los  cálidos rayos de sol como si Dios bajara a verle para supervisar su trabajo, y alguno más que estaba para todo, es decir, para todo.

Manos que han mimado cada clavel, cada rosa, cada ontulio del trono como se mima a un recién nacido, disponiendo las más hermosas flores y ramos en una armonía tal que hasta los ángeles de sus esquinas parecían estar suspendidos en el paraíso, y que hasta San Juan se agacharía para regalarle un clavel a su virgen. Sus gafas a medio caer, porque requería toda la atención de sus ojos como ahora los requiere para  su mujer, Maripepa,  que sentada en un banco, en frente del trono,  permanecía admirando como aquel misterio se realzaba cada vez que pestañeaba, siempre con alguien a su lado, que ese es su don, la gente, por la que  se preocupa y se preocupará, antes que de ella misma.

Manos que han pedido, como cuando se pide por desesperación, por su cofradía y que  son la quilla de este gran barco, la columna central, la resonancia en la oscuridad callada. Arrugadas pero no cansadas. Como dijo Juan guiznavo, si le veis de frente alguna vez  no cambies de acera. Él os pedirá con su bolsa verde, pero más os dará.  Unas manos que se las parte por su hermandad. ¡¡Que dedo se corta si a todos los quiere de la misma manera!!.

Eso sí, hay que sacar el trono aunque sea el primer día de cuaresma.

Manos  que han encallado sus dedos por agujas enhebradas de oro y plata, y que contribuyen desde lo más alto a este, citando a Withman “poderoso drama”, , bordando  un manto de estrellas que nos resguarda cada noche, y que alzan  un trono cuando arrastra, cuando no hay fuerzas para llegar, que es cuando más duele.

  Manos Que han guardado con celo cada camisa, cada joya, cada saya bordada en el pasado, pasado que es un eterno presente, protegiéndola  aún más que a su vida misma. Sus ojos brillan cuando sus dedos recorren el terciopelo o el tisú en un miércoles santo y animan con una sonrisa nuestros corazones, y nuestro estómago …con tortillas de masa , sea la hora que sea.

-todo preparado, ¿verdad Lola.

Otras crearon una gran banda de cornetas y tambores…y gaitas, entre el frio y la lluvia, resonando con aire militar al principio pero sabiendo de sus posibilidades,  llegaron a interpretar y marcar un nuevo estilo jamás escuchado en Álora por una agrupación local; esperada y aplaudida por un público entregado, que es así como se tienen que volcar las gentes después de tanto ensayar y repetir las mismas notas al amparo de ese manto bordado de estrellas. Pero ya no se oyen sus llantos ; ya no es el mismo sentimiento.

 

Y aquellas manos que desde fuera están siempre para todo lo necesario: para dar luz a los rostros de San Juan y  su Virgen, para preparar ramos a los pies de nuestros titulares, para dejar caer como cascadas hermosos versos que anudan la garganta, para cantar en agonía las más bellas saetas.

 Cada una de ellas ha escrito un verso  y  he aquí el resultado de tan hermoso poema.

 Hay otras que dejaron de escribir,  de empujar, de ofrecerse, por la búsqueda quizás  de algo en que creer, como san Manuel Bueno , o de preguntas sin respuestas, o por no haber estado a la altura de lo que se esperaba de él, perdido en una fe que si se busca puede llegara a encontrarse. Pero ahora me siento capaz de todo; ahora estas manos piden disculpas, cómo lo deberían de hacer otras, a esta cofradía, a sus hermanos, a su Hermana Mayor,  aquella que aligera la carga, que lleva la cruz de guía y que nunca da nada por perdido. A todos ellos mi más sincera enhorabuena por hacer tanto con tan poco.

Pero las manos más importantes esta noche son las de Ignacio Carrasco,       artista  autodidacta, que ha pintado el cartel de nuestra salida procesional reflejando una sobriedad e intensidad propia de una llamada de atención a nuestros sentidos y  donde sus pinceles han sido una prolongación de sus sentimientos, mezclando colores en su paleta, rojos y amarillos, para crear esa luminosidad que, desde lo alto del cuadro  abraza el más conocido emblema de nuestro pueblo, como un amanecer que comienza, en el que un sol de alpaca dorada, una aureola de ráfagas de luz de verdes, ocres y amarillos se eleva  sobre la cabeza de nuestro  San Juan y nos invade de paz y armonía, anunciando lo inevitable.

Y cae la tarde.

Y los azules dan paso a la noche, a la oscuridad que lo envuelve todo, donde Ignacio ha creado una escena de tal profundidad desdibujada que parece que se oiga el toque de campana a lo lejos, el sonido renqueante de los bastones que portan las mantillas, de los faroles de nazarenos cuya llama parece tan nerviosa como el que os habla, y en primer plano la cruz guía , nítida, bien terminada, que hace aún más profunda la procesión a sus espaldas y  tallada por sus pinceles con ocres y tierras de sombra, astillada y vieja pero amada por el inconfundible nazareno que la porta; porque el artista ha sabido pintarlo tan magistralmente que aunque con el rostro cubierto y apenas visto, su anatomía lo dice todo.

Dos ángeles encarnados  a cada lado equilibran este triángulo perfecto donde el vértice más alto, San Juan, lo ilumina todo y todo queda enmarcado en el símbolo supremo del sudario de este misterio, de este conjunto de tal belleza que hasta las pupilas de quién lo observa se agrandan para absorber toda la fuerza que desprende, como el que está entre la gente, en la bulla, como se suele decir, alzando la cabeza para decir  “ ahí viene San Juan”.

Gracias a todos  por haberme escuchado, buenas noches.

 

 

 

PREGÓN 2013

Lunes Santo por la noche, principio de los ochenta. Dos adolescentes en la Plaza Baja están acostados en una habitación de la casa que estaba construyendo Antonio el “Largo”. Están acostados en una zona que se encuentra preparada por ellos para estudiar, pasar algunos ratos de ocio y dormir en Semana Santa.

Con las luces apagadas oyen la retransmisión de la Semana Santa de Málaga en la desaparecida “Radio Torcal”. Están destrozados. Durante todo el día han estado inmersos en los preparativos del Jueves Santo para su Hermandad. A pesar de ello, si alguien les hubiese propuesto llevarlos a Málaga a ver las procesiones hubieran saltado de la cama, como empujados por un resorte.

Como esto no era posible, tenían que contentarse con oírlo en la radio; las voces de aquellos periodistas eran suficientes para alimentar la imaginación de los dos jóvenes hasta el extremo de que cuando se escuchaba la campana del capataz para que los Hombres de Trono metieran el hombro, inconscientemente movían su cuerpo, como si fueran uno de ellos. Oían con tanta pasión aquellas retransmisiones, que la primera vez que pudieron ir a Málaga por la noche, nadie tuvo que explicarles nada. Ellos lo habían visto en la radio. Esos dos adolescentes se encuentran hoy aquí: uno de ellos es mi amigo Sebastián Calderón, el hijo de Antonio el “Largo” y el otro soy yo, el humilde pregonero de la Semana Santa de Álora de 2013, Miguel Ruiz, el hijo de D. Miguel el “Maestro” Buenas noches, reverendo Párroco, Excelentísimo Señor Alcalde, Autoridades, Hermanos Mayores de las Hermandades de Pasión y de Gloria de Álora, y perotes que me honráis con vuestra presencia en este Templo.

Estimado Lucas, muchísimas gracias por tus palabras. Aunque nuestra relación personal se reduce a media hora de conversación telefónica, pronto tuve muy claro que me gustaría la presentación que harías de mí, aun sin conocerla, porque, en esa media hora de conversación, descubrí que teníamos tres cosas en común, hasta el día de hoy: ser perotes, ser cofrades y dedicarnos al que, para mí y me atrevería a decir para ti, es el trabajo más apasionante del mundo: la docencia. Además, a partir de hoy, tendremos una cuarta cosa en común: tener el honor de haber sido pregoneros de la Semana Santa de Álora. Con estas premisas tenía claro que la presentación iba a estar a la altura de las circunstancias, veremos si Dios me concede ser capaz de hacer lo mismo con el Pregón. Es de justicia, antes de seguir, felicitar a la Banda Municipal de Música de Álora por las tres fantásticas marchas procesionales que nos han ofrecido como preámbulo de este acto. Además, debo agradecer a la directora que me haya permitido escoger estas piezas. Una de ellas no podía ser otra que “Amor y San Juan”, compuesta por David Gutiérrez y dedicada a los titulares de nuestra hermandad; las otras dos son “Alma de la Trinidad” y “La Madrugá”. La primera compuesta por Eloy García para María Santísima de la Trinidad de Málaga y la segunda, por Abel Moreno, una marcha fúnebre conocida en todo el mundo y dedicada a la Madrugá sevillana. Las escogí porque son marchas que en cualquier lugar en el que suenen solo hay que cerrar los ojos e imaginarnos a nuestra Dolorosa sea cual sea el lugar en la que esta se venere. También debo agradecer y felicitar a D. Antonio Chamizo por su intervención en el preámbulo de este pregón. D. Antonio siempre estuvo vinculado a nuestra Hermandad desde sus comienzos. Verlo y oírlo me ha hecho recordar su habilidad para moldear y usar las palabras de la misma forma que siempre moldeó y usó la madera. Y por último, aunque no por ello menos importante, agradecer al pequeño Juan José Gómez esta oración, en forma de saeta, con la que nos ha deleitado y emocionado a todos, así como desearle desde aquí una carrera llena de éxitos profesionales en esa carrera tan difícil y sacrificada por la que ha optado.

Cuando en noviembre de 2011 mi amigo Paco Martos me propuso ser el pregonero de la Semana Santa de Álora no lo dudé ni un solo instante. Después, cuando lo pensé fríamente, me empezaron a entrar los miedos porque, aunque me hacía mucha ilusión, no puedo negar que llevo muchos años desconectado del ambiente cofrade perote. Tras darle muchas vueltas llegué a la conclusión de que quería y debía serlo para poder devolverle a mi pueblo una pequeña parte de lo que él me había dado a mí y llegué a la conclusión de que mi pregón se iba a centrar en la Semana Santa de hace treinta años, una Semana Santa muy distinta a esta, pero era mi Semana Santa y pese a mi juventud, en aquellos tiempos, el repleto baúl de mis vivencias cofrades bastaría para tan ardua tarea. Otro hándicap que jugaba en mi contra es que la última vez que la Hermandad de Amor y San Juan organizó el pregón en la localidad en el 2007 la pregonera fue mi hermana y todos sabemos que dejó el listón muy alto, como suele ser habitual cada vez que tiene que hacer uso de la palabra en público.

Una vez disipados mis miedos me propuse trasladar al papel mis recuerdos e introduje la mano en el baúl de mis vivencias cofrades. Lo primero que vino a mi mente fue mi Plaza Baja cuando empezaba la cuaresma, ese bullir de gente por los alrededores de los almacenes de las diferentes hermandades, ese tráfico de coches subiendo a las Torres. Y nosotros vivíamos allí. En esos días nos sentíamos unos privilegiados por vivir donde vivíamos, mucho más de lo que nos sentíamos ya habitualmente. La mayor parte de mis recuerdos cofrades están ubicados allí y tienen como escenario mi Plaza Baja. No puede ser de otra forma cuando los primeros 20 años de tu vida al asomarte a la ventana de tu casa lo primero que ves es el campanario y la fachada de este impresionante templo donde nos encontramos, donde me bautizaron mis Padres, donde hice mi Primera Comunión y donde recibí el Sagrado Sacramento del Matrimonio.

 

Y en ese bullir de la cuaresma en mi Plaza evoco mi primer recuerdo cofrade. Se remonta tanto en el tiempo que no sé exactamente qué edad tenía, pero lo que si tengo claro es el olor, huele a alcanfor, así olían la túnica de nazareno negra, el antifaz y el fajín blanco cuando los Hermanos de la Virgen de los Dolores los sacaban del baúl en el que permanecían guardados de un año a otro. Mi primera participación activa como cofrade en nuestro pueblo fue acompañar como penitente a la Virgen de los Dolores y a la Soledad y para ello había que ir el día y la hora señalados a recoger la túnica, el antifaz y el fajín. Después de un largo rato esperando turno tocaba entrar al almacén situado en lo que antes era el “Panteón” de esta Parroquia en la que nos encontramos. Nada más entrar al almacén, al fondo a la derecha estaba la escalera que subía a la parte superior de éste. Justo antes de empezar a subir la escalera, a mano izquierda en el suelo, se encontraba el pequeño trono de la Soledad. Arriba estaban los baúles de donde procedían las túnicas con olor al alcanfor que utilizaban para que no se estropearan de un año a otro. Tras hacer entrega de una pequeña cantidad en concepto de “fianza”, tocaba salir corriendo para casa a darle la lata a mi madre para que me arreglara el dobladillo y las mangas, aunque quedara casi un mes para el Jueves Santo. Ya siendo adolescente, ansiaba la llegada del día en que nos daban las vacaciones de Semana Santa, porque a partir de ese momento todo nuestro tiempo y nuestra energía, que era mucha con esa edad, podían dedicarse exclusivamente a aquello que nos une a todos los aquí presentes hoy. Esto hacía que el Viernes de Dolores fuera uno de los días más felices del año para mí. El Sábado de Pasión planificábamos las tareas pendientes y nos dábamos una vuelta para ver los preparativos de las Hermandades del Domingo de Ramos.

No teníamos la suerte de que hubiera ninguna procesión ese día, como en la actualidad el Cristo de la Columna, ese Cristo que forma parte de mis recuerdos situado en su altar al lado de la puerta de la sacristía, que siempre fue testigo de tantas y tantas vivencias de esos años en esta Iglesia. Ese Cristo del que tantas veces me pregunté por qué no salía en procesión. Ahora sí sale a las calles de Álora, acompañado y portado por Hermanos del Señor de las Torres organizados como Vocalía de la Hermandad, ataviados con sus túnicas moradas y sus faraonas y antifaces blancos, a anunciar que empieza la semana más importante para los cristianos perotes. “Señor, tú atado a esa columna, tú que sabes lo que es verte cautivo y sin libertad, ayuda a todos los hombres y mujeres que no pueden ejercer su derecho a ser libres a que puedan llegar a serlo algún día” Proseguí ordenando mis vivencias y, de pronto, me encontré en la mañana de un Domingo de Ramos de mi juventud, como no, en mi Plaza Baja. Recuerdo mucha luz, mucha algarabía, niños vestidos de blanco y celeste con sus palmas en la mano, los primeros sones de cornetas y tambores en la calle de la Semana Santa de aquella época y de repente aparecía por la puerta de la iglesia la Pollinica. Sonaba la Marcha Real y, una vez realizada la complicada maniobra de bajada de los escalones, se ponía la mesa y arrancaba de nuevo después del inconfundible toque de la campana del trono, llevado magistralmente por los futbolistas del equipo local de aquella época, al son de la marcha Alma de Dios. Así empezaba todo en la Semana Santa de Álora, de la misma forma en la que empezó todo en Jerusalén hace más de 2000 años: con la entrada triunfal del Mesías. Pasados unos años se incorporó a la Hermandad de la Pollinica la imagen de Nuestra Señora del Amparo. Si las mañanas de los Domingos de Ramos ya eran luminosas, a partir de ese momento se transformaron en radiantes con la belleza de la Santísima Virgen de manto azul como el color del cielo desde el que vela por nosotros. Esta era una de esas hermandades “jóvenes” en aquellos tiempos y en mi recuerdo se encuentra Antonio Reina, como una de esas personas que ha hecho que en la Semana Santa de Álora aumente la nómina de Hermandades, que éstas crezcan y progresen con el tiempo y esto se consigue de la única forma en que se hacen realidad los grandes proyectos en esta vida: con ilusión y con mucho, mucho trabajo. “Señor, tú que siendo Rey de Reyes hiciste tu entrada en Jerusalén en un simple asno, haz que la humildad sea la seña de identidad de nuestra vida” Una vez que se encerraba la cofradía a eso del mediodía tocaba darse una vuelta para tomar algo en cualquiera de los bares de aquellos tiempos de mi Plaza: el bar de Jazmines, el de Pládenas o el del Mocho y luego a descansar a casa para prepararnos para la noche. En este lapsus de descanso recuerdo que, a media tarde, se oían los sones de la banda de cornetas y tambores que iba a acompañar a Nuestro Padre Jesús Orando en el Huerto esa noche, que pasaba por mi Plaza acompañada por Hermanos de esta Hermandad portando una corona de flores camino del cementerio, para honrar a los que ya no se encontraban con nosotros. Toda la luminosidad de la mañana desaparecía y al hacerse de noche comenzaba la Estación de Penitencia de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Orando en el Huerto. Aún recuerdo cuando esta Hermandad salía de la Iglesia de la Veracruz y en su recorrido pasaba por mi Plaza donde hacían una parada de descanso y tomaban un refrigerio.

Más adelante, una vez construida la Ermita del Calvario, empezó a salir desde allí y cambió su recorrido. Pero, fuera cual fuera este, en mi recuerdo siempre tengo la imagen de una Hermandad en la calle que trasmitía seriedad, de unos nazarenos perfectamente formados, de dos filas de mujeres ataviadas con algo tan nuestro como es la mantilla y la imagen de unos Hombres de Trono de una media de edad superior a la de las demás Hermandades. Silencio, orden, como he dicho antes y me reitero ahora: seriedad. “Señor, tú junto a tu madre María Santísima de la Paz que aguarda en la Ermita del Calvario tu regreso haced que alcancemos la paz en todos los confines de este mundo en el que vivimos” Seguía avanzando la semana y llegaban el Lunes, el Martes y el Miércoles Santo. Estos días no había salidas procesionales en nuestro pueblo y podría parecer que no guardo recuerdos vinculados a ellos, más bien todo lo contrario. Estos días eran apasionantes por la cantidad de actividades que teníamos que realizar porque, como todo el mundo sabe, éramos muy pocos en la Hermandad y, por lo tanto, todos hacíamos de todo. Pero lo más importante es que disfrutábamos con lo que hacíamos porque entre nosotros había Hermandad. De los muchos recuerdos y vivencias de estos días voy a nombrar sólo algunos por aplicar a este pregón aquello de que “lo bueno si breve dos veces bueno”; pero son tantos que cuesta decidirse. Para empezar me gustaría nombrar otra vez a mi amigo Sebas y más que nombrar dirigirme a él: ¿Cuántas miradas al cielo nos hubiéramos evitado si hubiéramos dispuesto de tantos medios técnicos como existen hoy para predecir el tiempo? Esa era una de nuestras principales preocupaciones: ¿lloverá el Jueves? Sólo disponíamos de la predicción que se hacía en el Telediario de la única cadena de televisión existente en aquella época y de lo que siempre nos habían dicho los mayores de mi Plaza: “para que llueva las nubes tienen que venir por el Hacho”. Así que, la única solución era ver el Telediario cada vez que se emitía y mirar mucho al cielo, pero siempre en dirección al Hacho.

Ojalá hubiéramos dispuesto de internet con tantísimas páginas especializadas que hacen predicciones hora a hora y que hacen que los cofrades de todos los lugares seamos también expertos en meteorología. Pero sin tener los mismos medios sí teníamos el mismo miedo: la lluvia. En segundo lugar ¿Cómo pasar este pregón sin nombrar algo tan propio de nuestra Hermandad como el haber tenido el honor de ir con D. Antonio Calderón a “pegar sablazos”? Podría contar multitud de anécdotas de estos “paseos” por el pueblo con D. Antonio, a veces solos los dos y otras veces con D. Alfonso Almodóvar y con D. Juan Martos, pero no es necesario que yo diga nada más sobre este “clásico” de nuestra Hermandad porque ya lo hizo su nieta, que también es mi sobrina, Ana, el año pasado cuando con solo diecisiete años tuvo la valentía de presentar el cartel de la Hermandad del año 2012 y lo hizo tan bien que, solo por mi edad, yo podría decir más sobre este clásico pero no mejor. Y por fin llegaba el Jueves Santo, nos amanecía muy temprano, había que poner los claveles en las cañas con alambres; recoger el pan para los bocadillos y el contenido de estos; trasladar las flores arregladas a la iglesia con el romero, el lentisco y las morcillas de anea; preparar los bocadillos; esperar que llegara Miguel Infante para poner las flores en el trono; estar pendiente de que no le faltara nada; seguir pegando “sablazos” porque siempre hacía falta dinero; llevar los bocadillos hechos y los refrescos al sitio donde los repartíamos a mitad de recorrido; darle un último toque con la muñequilla al trono para que tuviera un poco de brillo; poner las baterías y probar las luces; subir para ver cómo arreglaban al Señor de las Torres y al Cristo de los Estudiantes; limpiar toda la zona cercana al Trono una vez que acababa Miguel; repasar los enseres de los nazarenos; ver lo maravillosa que estaba la Virgen de los Dolores; poner las almohadillas en los varales; poner los faldones a la mesa; poner la campana en el trono y sacarle brillo; recrearse delante de nuestro trono para ver como cada año a Miguel Infante se le podía ocurrir algo que hacía que luciera distinto y mejor que el anterior; subir a la Cancula a por la banda y, por último, estar preparados con la túnica puesta a la caída de la tarde. Y caía la tarde y esto significaba que el Nazareno salía de las Torres, daba igual a qué hora se hubiera fijado oficialmente la salida: Él salía a la caída de la tarde porque no podía llegar a mi Plaza antes de que anocheciera. Y entonces es cuando se producía uno de esos momentos mágicos y únicos de nuestra Semana Santa, y que forman parte de nuestras señas de identidad. Sí, amigos, me refiero a la bajada del Señor de las Torres por la Calle Ancha y su llegada a mi Plaza a los sones de la Brigada Paracaidista.

Verlo como parece andar por encima del gentío que se agolpa a su alrededor para sentirlo lo más cerca posible, dispuestos a ser el cirineo para aliviarle del peso de la cruz. ¿Quién soy yo para intentar mejorar lo que ya se ha dicho y se ha escrito de este momento? Nadie, no soy nadie y lo único que puedo hacer es recurrir de nuevo a mis recuerdos y contarles mi pequeño truco para poder vivir este momento sin desatender las obligaciones con mi cofradía en la que tenía que estar todo preparado para salir. En esos momentos ya habíamos repartido a nuestros nazarenos los enseres para la salida procesional y, con semblante muy serio les decíamos que no se fueran a la plaza para ver la bajada del Señor porque se podían romper estos en el bullicio y después era muy difícil localizarlos a todos para formar las filas en la calle Benito Suárez. Les recomendábamos que se quedaran en la iglesia o fuera de esta pero cerca de la puerta.

Cuando todos estaban convencidos y seguían nuestras instrucciones, siempre me iba a la ventana del baptisterio por la que se veía la bajada del Señor de manera espectacular y sin arriesgarme a que se vinieran todos a la bulla conmigo. Este año habrá un hombre menos arrimando el hombro, aunque el Nazareno andará igual de bien que siempre, porque de una buena semilla siempre sale buen fruto y su hijo lo arrimará por los dos y cada vez que lo levante a pulso pensará que cuanto más lo levante, mejor lo podrá ver su padre, Pepe Segura, desde esa baranda que hay en el cielo, como dice mi maestro y amigo Pepe Morales, para que los perotes que están allí se asomen en Semana Santa. “Señor, tú que soportaste el peso de la Cruz para redimir nuestros pecados alivia a todos los enfermos del peso de la suya.” Lentamente el Señor de las Torres pasaba desde la Calle Ancha a la Calle Benito Suárez. Cuando ya no se podía ver desde mi Plaza y las pulsaciones del corazón de todos los allí presentes empezaban a normalizarse, aparecía el Cristo de los Estudiantes. Una sobrecogedora imagen de Jesús muerto sobre la Cruz flanqueada por cuatro hachones y portada por jóvenes estudiantes. Esta imagen de Jesús muerto en la Cruz invita a la oración silenciosa, el ruido y el bullicio desaparecen cuando lo tienes en frente y te sientes solo con Él. “Señor, ayuda a todos nuestros estudiantes y a todos nuestros jóvenes a que no tengan que dejar su país, para labrarse un futuro profesional, y alejarse de sus seres queridos como lo tuvieron que hacer en otros tiempos otras generaciones de españoles” El crucificado entraba en la Calle Benito Suárez y nos tocaba a nosotros: tanto trabajo, tanta pasión, tanta ilusión y otro año más íbamos a salir a la calle. Me van a permitir que me extienda un poco más a la hora de hablar de mi Hermandad, de los míos. Voy a empezar contándoles un secreto: los mayores recordarán que la imagen de San Juan antiguamente se encontraba en la Ermita de Flores e incluso durante algunos años, en los comienzos de nuestra Cofradía, traíamos la imagen para la Semana Santa y después la llevábamos. Bueno pues mi secreto no es otro que en mi infancia me daba miedo la imagen de San Juan, hasta el extremo de que cuando iba a ver a la Virgen de Flores pasaba de largo sin mirar a la derecha, al altar en el que se encontraba él. ¡Qué impredecibles son los designios del Señor! ¿Quién iba a decir que pocos años después este miedo se transformaría en devoción y que yo formaría parte de la Cofradía en la que él sería el Sagrado Titular? También quiero y debo hablar en este Pregón de nuestros Hombres de Trono, en aquellos tiempos, liderados por José Heredia “Josele”, con los que tuve el honor de compartir muchos momentos e incluso un año hacer todo el recorrido compartiendo varales con ellos. Me gustaría homenajear desde aquí a todos los que hemos tenido el privilegio de llevar con nuestros hombros nuestra Fe por las calles de Álora o de cualquier otro sitio. Me gustaría homenajear a todos aquellos que nos hemos puesto debajo de un varal y hemos levantado el trono la primera vez, al toque de la campana, como si nos fuera la vida en ello, para después levantarlo, cada vez, como si nos fuera la vida en ello, y cuando estamos en el último tirón y las fuerzas empiezan a faltar volver a levantarlo como si nos fuera la vida en ello. Voy a contar una anécdota que leí en un periódico y que define lo que significa ser Hombre de Trono a la perfección: Tras tres meses en Inglaterra una joven vuelve a Andalucía por Semana Santa. Tendrá que esperar una horas en el aeropuerto antes de embarcar, pero se entretiene viendo vídeos. Un hombre se sienta a su lado y observa de reojo la pantalla.

La silueta de una virgen se perfila entre columnas de plata y se acerca con un movimiento lento y suave, como si bailara. La chica se percata de que la observan y gira la pantalla para facilitar la visión al desconocido, sonríe y le habla en inglés. “Son vídeos de Semana Santa. Vuelvo a casa por fin y no puedo esperar para vivirlo... ¿Usted también va de vacaciones para ver la Semana Santa?” El hombre la mira, sonríe y le contesta en un perfecto español. “Yo no tengo vacaciones, pero he pedido tres días libres para volver a mi pueblo. Tengo una virgen que pasear.” Creo que ha llegado el momento de hablar de la mantilla. En nuestra hermandad, en aquellos tiempos, acompañaban a Nuestro Sagrado Titular un grupo considerable de hermanas ataviadas de esta forma, entre ellas la que hoy es mi mujer y madre de mis dos hijas, y yo no quiero dejar pasar esta ocasión sin rendirle un homenaje en forma de piropo a ella y a todas las mujeres perotas que alguna vez se han vestido de mantilla: Al paso altanero que da la razón a la mujer morena que camina sin ofender, mostrando en su andar la belleza de su figura, se encontró con un hombre mayor. Con elegancia llevaba el hombre su andar cansino. Se vuelve hacia ella, se quita su gorra y la hace un manojo con su mano. Con la derecha pega un manotazo a su corazón arrancando una flor que llevaba prendida en el ojal de su solapa, tirándola al suelo y diciéndole: - Pisa con tus pies esta flor, porque no tiene ningún derecho para adornar mi traje, porque en verdad, no huele mejor que tú y tiene envidia del primor de tu escultura. Y como he dicho antes, voy a hablar un poco más de los míos, concretamente de dos. Estoy desatendiendo, casi desde el principio de este pregón, uno de los consejos que me dio mi hermana: “ten cuidado con nombrar a personas concretas, porque se puede ofender quien no nombres”. No le he hecho caso y voy a seguir sin hacérselo y desde aquí pido perdón a todos aquellos de los que hubiera podido hablar y no lo haya hecho. No le estoy haciendo caso porque la educación que recibimos los dos no nos permite desaprovechar una ocasión como esta para hacer un agradecimiento público a las personas que han significado mucho en nuestra vida. La primera persona de nuestra hermandad de la que quiero hablar, aunque ya lo he citado hoy un par de veces, es de D. Antonio Calderón. Me consta que ha sido homenajeado en multitud de ocasiones y por muchas que sean estas, son pocas. Hablo de un hombre imprescindible pero con la habilidad de dejar que parezcan otros los que lo son. Me voy a permitir corregirte Ana. Cuando el año pasado en la presentación del cartel le dijiste a tu abuelo que sin él muchas cosas no hubieran sido igual en esta hermandad le tendrías que haber dicho que sin él no hubiera habido hermandad.

A la otra persona de nuestra hermandad a la que le quiero dedicar un apartado especial es a Dolores Durán; sí, a Lola, la mujer de Antonio. En la actualidad muchas cofradías de nuestro pueblo tienen Casas de Hermandad para compartir momentos de planificación, de trabajo y de ocio. Nosotros hace treinta años también teníamos un lugar así y este no era otro que la casa de Lola. Recuerdo la mesa de la cocina de su casa siempre preparada para reponer fuerzas, para intercambiar impresiones y, sobre todo, con ella allí dispuesta a escucharnos y a aconsejarnos. No puedo olvidar que los Jueves Santos, desde bien temprano, estaba allí con nosotros donde hiciera falta y siempre diciendo lo mismo “con la de cosas que yo tengo que hacer en mi casa, yo ya me tengo que ir”. Pero siempre estaba allí. Y salíamos a la calle, por supuesto a mi Plaza, y como nos decía Antonio una y otra vez “a la hora de la salida y de la entrada a la Iglesia tenemos que estar todos cerca porque es el momento más peligroso”. Y allí estábamos y salíamos a la calle a llevar esa marea roja y verde por las calles de nuestro pueblo. Rojo de la sangre de nuestro señor derramada por nosotros y verde esperanza en que la angustia del mundo tiene una solución: Cristo redentor. Con posterioridad, la Cofradía incorporó la imagen de María Santísima del Amor y la Cruz, creando un grupo escultórico de gran belleza y simbolismo cristiano. En un mismo trono, que se ha convertido en relativamente poco tiempo en un clásico de la Semana Santa de Álora, encontramos el rojo de la sangre de nuestro Señor, el verde esperanza, la virgen María bajo la advocación del Amor que sentía por su hijo como el que Él siente por toda la humanidad y todo ello presidido por la Cruz simbolizando y recordándonos el sacrificio de nuestro Señor por redimir nuestros pecados. Todo ello paseado por las calles de mi pueblo como solo saben hacer las cosas las gentes de mi Plaza. “Señor, ayúdanos junto con tu Madre María Santísima del Amor y tu discípulo San Juan Evangelista a que el Amor al prójimo esté siempre presente en nuestras vidas” Y cuando estábamos con nuestro trono cerca de realizar la difícil maniobra de pasar de la Calle Benito Suárez a la calle Zapata sonaba al fondo otra vez la Marcha Real; volvía a sonar porque estaba saliendo de esta iglesia la SEÑORA y me gustaría que el castellano tuviera una forma de que se distinguiera oralmente cuando las palabras están escritas en mayúscula, así las tengo escritas en este papel y así las he escrito porque me refiero a Nuestra Señora de los Dolores que, aunque en aquellos tiempos aún no estaba Coronada Canónicamente, para todos los perotes sí estaba coronada de corazón. Yo no podía estar allí para verla salir, pero la sentía. Durante unos años sin palio, posteriormente con él. Pero de una forma u otra lo importante y lo que nunca se te olvida es esa cara, nunca un rostro tan bello reflejó tanto dolor. Tanta belleza está en consonancia con la elegancia con la que sus hermanos la visten y el exorno floral con el que todos los años nos deleitan. Ella presidiendo este conjunto tan armonioso es la que provoca lágrimas a su paso recordando a los enfermos y a los que no están y la que hace que elevemos nuestras plegarias de esa forma tan corta, tan contundente y tan peculiar que tenemos los andaluces de orar a nuestras Dolorosas, simplemente con un (todos conmigo, por favor) ¡¡¡GUAPA, GUAPA y GUAPA!!! “Señor, ayúdanos junto con tu Madre la Virgen de los Dolores para que se acabe el drama del paro en este país y que en todos los hogares estén cubiertas las necesidades básicas” Y tras una noche de muchas emociones llevando a nuestros sagrados titulares por las calles de Álora regresábamos a mi Plaza e intentábamos descansar un rato porque el despertador del Viernes Santo sonaba pronto. La melodía de este despertador no era otra que los sones de la Brigada Paracaidista y de la Legión con sus inconfundibles 160 pasos por minuto, ¡cómo para quedarse dormido! Es Viernes Santo por la mañana, estamos en Álora: es el momento de la Despedía. Sí amigos, sí, la Despedía ¿han intentado alguna vez explicar sin ayuda de imágenes la Despedía a alguien que no sea perote? Nadie lo entiende sin verlo, nadie lo entiende sin vivirlo, pero es nuestra y como tal debemos cuidarla porque un pueblo que no cuida sus tradiciones en el presente no tiene futuro.

Al igual que ocurría cuando recordaba los Domingos de Ramos de mi infancia y juventud también recuerdo mucho sol y mucha luz. Estoy convencido de que también hubo algunos de estos días nubosos en esta época, pero estos han desaparecido del baúl de mis vivencias. Después de ver al Señor de la Torres y a la Virgen de los Dolores otra vez por las calles del pueblo, con un exorno floral distinto al de la noche, con los Tronos más ligeros y portados por otros hombres que, en muchos casos, pasaban la noche en la iglesia para guardar el sitio en el varal, llegaba el momento de hacer su entrada en mi Plaza, uno por la Calle Atrás y el otro por la calle Benito Suárez. Cada trono con su paso característico hacía año tras año el mismo recorrido hasta que llegaba ese momento mágico del encuentro en el centro de mi Plaza. Algunas veces me he preguntado, como científico que soy, cómo es posible que sólo ocho hombres puedan cargar en sus hombros estos Tronos y realizar además, las tres genuflexiones los cuatro de los varales delanteros. Evidentemente no he encontrado respuesta lógica a esta pregunta, porque no existe. La única repuesta es la Fe. Y después de ese momento en el que cada uno opinaba que había ganado uno u otro sin más criterio que lo que dictaba el corazón de cada cual, el Señor de las Torres avanzaba despacito para llegar a la Calle Ancha y la Virgen de los Dolores seguía sus pasos y justo debajo de la ventana de mi casa paraban los dos. Uno frente al otro, tan cerca que los Hombres de Trono de la primera línea unían sus manos y a su alrededor los hermanos se fundían en abrazos unos con otros mientras las lágrimas afloraban en sus ojos y la Madre frente a su hijo se despedía de él. Empezaba a sonar la banda de la Brigada Paracaidista a paso ligero y los miembros de esta Brigada que no formaban parte de la banda cogían el Trono y empezaban a subir la Calle Ancha con él a paso ligero mientras el gentío corría hacia las Torres para ver cómo encerraban al Señor. Pero yo no subí nunca, y sé que me van a perdonar todos los hermanos del Señor, yo me quedaba con su Madre, yo esperaba a que la SEÑORA se fuera acercando poco a poco a la iglesia, tan poco a poco que parecía que todavía tenía la esperanza de que su hijo volviera a aparecer, pero esto no ocurría y, con toda la delicadeza que se merece una Madre rota de dolor, sus hermanos la resguardaban dentro de este templo. Después de tantas emociones recuerdo que en la tarde del Viernes Santo llegaba para mí otro de esos momentos especiales. A media tarde, cuando todo se había serenado y la tranquilidad volvía a mi Plaza, yo me venía aquí y me estremezco nada más recordar, simplemente, la sensación: silencio, olor a cera apagada, personas rezando en el Monumento al Altísimo que se situaba a la derecha de donde tengo la dicha de estar hoy.

A mí me encantaba pasar este rato de la tarde aquí y eso me permitió vivir dos de esos recuerdos únicos de las que llevo hablando toda la noche. El primero era ese momento en el que los hermanos del Señor quitaban de la Cruz al Cristo de los Estudiantes y lo trasladaban al Trono del Sepulcro. Ellos estaban realizando el sueño de todos los andaluces cada primavera como nos recuerda el poeta “¿Quién me presta una escalera para subir al madero para quitarle los clavos a Jesús el Nazareno?”. El segundo era ese momento en el que los hermanos de la Virgen de los Dolores transformaban a la SEÑORA en la Soledad. Pocas cosas he visto en mi vida que transmitan tal sensación de respeto y ternura. Seguía avanzando la tarde, empezaba a anochecer y llegaba el momento de otra de mis Hermandades:

La Piedad. Tengo el honor de haber formado parte de ese grupo de jóvenes que, en aquellos tiempos, con más ilusión que medios salíamos a las calles de Álora. Tan pocos eran los medios y tantas las ganas y la ilusión que recuerdo que algún año hicimos hasta un cordón alrededor de la Virgen de los Dolores cuando se encerraba de la Despedía para que no nos quitaran las flores. Recuerdo el primer año que intenté llevar ese pesado Trono que, en aquellos tiempos, no era otro que el antiguo de la Virgen de los Dolores.

Tuve que salirme de los varales con todo el dolor de mi corazón porque no daba la talla ni de puntillas, y eso que lo intenté, pero tuve que conformarme con llevar el Guión ese año. Pero al final crecí y pude llevar por las calles que me vieron nacer y hacerme un hombre a la Madre rota de dolor con su hijo yacente en brazos con el único acompañamiento musical de un tambor. “Señor, te pedimos al ver la imagen rota de dolor de tu Madre, por todas las Madres y Padres del mundo para que con nuestro ejemplo y palabra, eduquemos a nuestros hijos en la Fe y en la Piedad y apoyados en la fuerza divina, hagamos de nuestras casas hogares acogedores, serenos, alegres y tengamos valor para enfrentar todas las dificultades que se puedan presentar en la educación y formación de nuestros hijos.” Llegaba la hora de la salida del Santo Entierro. Esta solemne procesión, en otros tiempos, era la procesión oficial: autoridades civiles y militares junto con las fuerzas vivas del pueblo, todos de riguroso luto acompañando a la imagen del crucificado de los Estudiantes que ahora yacía en el Santo Sepulcro para recordar a todos los perotes que Dios entregó la vida de su hijo por nosotros. “Señor, te pedimos por todos los cofrades que no están ya aquí, para que estén contigo en el cielo que todos soñamos, un cielo en el que siempre sea la primera luna llena de la primavera, en el que siempre huela a romero, a flores frescas y a incienso, en el que el menú siempre esté formado por potaje de cuaresma, bacalao y de postre torrijas y arroz con leche, en el que siempre se oigan bellas marchas procesionales interpretadas por el Maestro José Aguilar y en el que la única preocupación sea qué saya se le pone hoy a la Virgen o de qué color le ponemos las flores al Trono del Señor” Entonces llegaba el momento de Nuestra Señora de las Ánimas que a mí me gusta llamar la Dolorosa de las Torres, entrando a mi Plaza por el mismo sitio por el que veinticuatro horas antes nos había estremecido con su llegada su hijo.

Podría recurrir a contar la anécdota de lo sucedido el primer año que procesionó Nuestra Señora de las Ánimas, porque obviamente yo estaba allí, pero al igual que las mañanas de Domingos de Ramos y de Viernes Santos nubosas, esto se ha borrado de mi memoria. Prefiero recordar la fila de devotos alumbrando su camino, para que no se sintiera sola, llegando a la Veracruz mientras ella estaba aún en la calle Ancha. Prefiero recordar la cantidad de personas descalzas orando en silencio. Prefiero recordar su cara iluminando, como si tuviese luz propia, la oscuridad de mi Plaza. “Señor, te pedimos que nos ayudes para que, junto con tu Madre Nuestra Señora de las Ánimas, seamos capaces de compartir con los que no tienen, para ser dignos merecedores de llamarnos hijos tuyos.” Tengo frío, sí amigos, ya tengo frío, pero no un frío del que se quita al calor de la lumbre. Tengo frío del que sentía todos los Viernes Santos a las doce de la noche y es porque voy a hablar de Nuestra Señora de la Soledad y en estos momentos tengo la misma sensación que tenía hace treinta años todos los Viernes Santos a esa hora. Mi Plaza estaba oscura, no se oía nada, a lo sumo, los corazones latiendo y todos sobrecogidos por la imagen de la SEÑORA, pero ahora bajo la advocación de la Soledad. Vestida de negro, con un único punto de luz alumbrando su bello rostro y una sola flor a sus pies, ¿para qué más? Los Hermanos de la Virgen lo sabían, no era necesario poner nada más en este Trono, todo lo que se pusiera pasaría desapercibido ante tanta belleza.

Desde mi más tierna infancia sentí especial devoción por esta imagen y la acompañé vestido de penitente, con la misma túnica del Jueves pero con fajín y un capirote negro; luego de mayor la acompañé muchos años vestido de riguroso luto, como marcan los cánones, alumbrando su camino y rezando el Santo Rosario. Pero de todos estos años tengo grabado en mi mente uno de los primeros, de la época en la que tenía el honor de acompañarla con mi túnica negra.

Ese Viernes Santo llegué al almacén de la Virgen situado en el antiguo Panteón. Había menos penitentes que la noche anterior, probablemente porque los mayores la acompañaban ahora ya sin túnicas. Siendo menos para repartir enseres, tuve la fortuna de que me tocara un farol y alguien de la hermandad decidió que ese año fuera uno de ellos a cada lado del Trono. Hice todo el recorrido a su lado con el farol alumbrándole el camino a la SEÑORA.

No lo he podido olvidar nunca, es más lo tengo tan grabado que aún oigo el crujir de la madera de los varales de este antiguo Trono cada vez que lo levantaban, el tambor que marcaba el paso y el sonido sordo del martillo del capataz sobre la madera del varal. Lo recuerdo y tengo frío. “Señor, te pedimos por nuestros mayores, para que no vivan nunca la Soledad que tuvo que sufrir tu Madre y estén siempre atendidos y rodeados por los suyos hasta el momento en que los llames a tu encuentro”. Volvía la luz, llegaba el Domingo de Resurrección.

Mi Plaza se llenaba de algarabía de nuevo y de mucho color; de todos los colores del arcoíris cofrade perote en aquellos años: blanco y celeste, blanco y rojo, morado, negro y blanco, verde y rojo. Ese era el color de las túnicas de los nazarenos de todas las hermandades que acompañaban al Resucitado, que sacaba en procesión por nuestras calles la hermandad de la Pollinica, para recordarnos que Él había vuelto como prometió y el desamparo que sentimos cuando lo vimos el Viernes Santo, yaciendo en el sepulcro, se transformaba en alegría porque había vuelto. Yo, como os podéis imaginar con lo “hartible” que soy para esto de la Semana Santa, también acompañaba al Resucitado: al principio de penitente con el rojo y el verde; posteriormente, llevando el Trono e incluso, algún año, como representación institucional de mi Hermandad. “Señor, te pedimos para que las hermandades sigan llevando a cabo la labor social que realizan e incluso puedan ampliarla y hacerla llegar a los más necesitados, sobre todo en estos momentos tan duros en los que vivimos.” Varios días después las Hermandades escondían celosamente el secreto que habían desparramado por las calles y mi Plaza, junto al resto del pueblo, volvía a la normalidad. Dejábamos de identificar las calles con sitios imaginarios inspirados por nuestros Sagrados Titulares. El Calvario dejaba de ser el Huerto de Getsemaní, las Torres ya no era el Monte Calvario, y, Álora dejaba de ser nuestra Jerusalén imaginaria y empezaba la larga espera para la próxima Cuaresma. Una espera que se hacía más liviana porque en el mes de abril íbamos a la Estación a acompañar a Nuestra Señora de la Cabeza; después, cuando más apretaba el calor entre julio y agosto, nos poníamos el mundo por montera durante cuatro días para La Feria; a continuación, el último domingo de agosto, íbamos muy temprano a por la Virgen de Flores al Convento y la llevábamos, como no, a mi Plaza y allí, entre repiques diarios de campanas, novenas y ofrendas alcanzábamos su día para volver a llevarla por las calles del pueblo para que nos iluminara con su belleza; al domingo siguiente, todos de Romería a Flores a llevarla de vuelta a su Ermita donde vela por todos nosotros; pero no hay verano que no aguante la llegada del otoño y llegaban las lluvias mientras recordábamos a los que se fueron para siempre; volvíamos a ver colgados talonarios con las imágenes que tanto queremos como presagio de que pronto celebraríamos el nacimiento del hijo de Dios; nos comíamos las uvas; recibíamos con los brazos abiertos a los Reyes, celebrando la Epifanía del Señor; recibíamos a Don Carnal y cuando este nos abandonaba y la primavera vencía al invierno, mi Plaza volvía a ser la protagonista: estábamos de nuevo en cuaresma. Para concluir, me gustaría hacer una petición como las que he hecho a lo largo de este pregón.

Aunque esta debería estar incluida en un Pregón de Glorias más que de Semana Santa, no debía ni quería terminar sin hacer una petición a nuestras dos patronas que desde el Convento de Flores y desde la Estación velan por todos los perotes allá donde nos encontremos: “Santísima Virgen de Flores y Santísima Virgen de la Cabeza, os pedimos por todos los cofrades, para que sean de donde sean, porten a sus Sagrados Titulares con varales o con trabajaderas, los acompañen con bandas de música, con bandas de cornetas y tambores, con música de capilla o, solo, con el silencio, nunca desfallezcan en su empeño de glorificar la pasión, muerte y resurrección de Jesús de la forma única e inimitable que aprendieron, cada uno de ellos, desde la cuna”.

 

En la deidad de ese rostro En la pasión de ese espejo Sólo halla mi corazón Camino vida y verdad

ASÍ SEA

GRACIAS

 

 

 

 

 

 

 

PRESENTACION  DEL CARTEL DE AMOR Y SAN JUAN 2012

Sr. Cura párroco, Señor Alcalde del pueblo de Álora, Hermana Mayor, Hermanos Mayores de las distintas cofradías, cofrades…buenas noches.
Tito, gracias por tus palabras, has conseguido ponerme nerviosa, así que si no se me entiende muy bien, ya saben, él ha tenido la culpa .

Hay tantas formas de vivir la semana santa, como cofrades, y esta noche os voy a contar la mía.

Para los que no sepáis quien soy, me llamo Ana, tengo 17 años,  soy perota, nieta de Antonio, un hombre que hoy  creo que está más nervioso que yo.
Esta noche junto con todos vosotros estoy cumpliendo uno de mis mayores sueños, presentar el cartel de mi hermandad.

Los que me conocéis, sabéis los lazos que me unen a esta cofradía, bueno llamémosle de otra manera, ya que son algo más que lazos, no puedo decir que tuve un comienzo, se puede decir que nací y me estoy criando en el seno de esta hermandad, por eso no dudé ni un segundo en aceptar la petición que me hizo mi tía de presentar hoy nuestro cartel.
Más que la presentación de un cartel quiero enseñaros a cada uno de los presentes una forma de ver, sentir y vivir la Semana Santa.

Recuerdo, cuando muy pequeña nos daban en el colegio los nazarenos para pintarlos, cada uno los pintábamos de los colores de nuestra cofradía y al colgarlos en la pared ningún niño sabía distinguir el suyo, menos yo, el mío destacaba entre todos, ¡verde y rojo!, y por ello yo me sentía muy orgullosa.
Llegaba el jueves santo, que gran recuerdo, cuando mi madre nos vestía a mi hermana y a mí de la banda, con aquel jersey burdeos, y más tarde mi padre nos colocaba aquellas manoplas incomodas y esos guantes ¡que papá, hoy creo que todavía me estarán grandes!
Parece que escucho de ensayar las gaitas en mi casa, el olor a cuero cuando se cortaban las trinchas y el bullicio que se formaba en mi cochera, ¡qué gran anuncio para el esperado gran día! Cuanto lio, pero siempre había algo que se hacía a última hora, que no por ello salía peor.
Llegaba la hora de subir a la calle Santa Ana para el pasacalles, ¡puf! que larga se hacía la cuesta, cuanto pesaba mi bandera, y cuantos nervios tenía, pero seguro que no menos que los que tengo ahora.
Me hice un poco más mayor, comencé mis andaduras con la música, con tan solo 6 años, cuando ya tenía mi traje de la banda municipal y mi primer instrumento; ¿quién me iba a decir que yo el jueves santo no iba a ir con mi cofradía?, eso era imposible, mis compañeros de la banda que algunos estarán por aquí, saben muy bien de lo que hablo.
Todavía me tiemblan las piernas desde la primera vez que toque Amor y San Juan, cada vez que lo hago, encuentro matices nuevos, y entre esas notas, algún que otro recuerdo, si me lo permitís quiero dar las gracias a David, por haber compuesto esta maravillosa marcha de la cual nos sentimos tan orgullosos.
De más grande ya veo y siento  la Semana Santa de un modo diferente, hoy día no lo puedo llamar Semana Santa, ya que para mí, la Semana Santa no es una semana, son 365 días, y comienza cuando ya en el trono de mi cofradía no queda ni una sola flor, ahí, puedo decir, que me queda mucho trabajo por delante, mucho que limpiar y mucho que trabajar.

Ya entrando en cuaresma, mi móvil no para de sonar, ¿quién es? lo cojo o no lo cojo, es muy temprano tengo un sueño: ”ABUELO ANTONIO”, quien se niega a cogerle el teléfono, y más sabiendo para que es, y solo con ese “Ana estoy en la fuentarriba, venga que vamos a pegar zablazos” ¿quien le dice que no? yo la verdad no soy de esas, abuelo, hoy te voy a dar las gracias por crear dos familias, por crear nuestra familia, por unir a la familia de Amor y San Juan y por luchar tanto en nuestra cofradía, ¡abuelo, sin ti muchas cosas no serían posibles!
Jueves Santo, lloverá, no lloverá, Dios quiera que no, cuantos ojos derramarían ilusión, cuánto trabajo para no poder disfrutarlo… Aunque teníamos miedo, aunque no parábamos de mirar el cielo no ha llovido, mis titulares son arrastrados hasta la puerta, suena el himno nacional y ya están en la calle, parece que ya podemos respirar tranquilos, tanto trabajo ha dado fruto,  las prisas, carreras y demás han acabado, ahora toca disfrutar, y coger fuerzas para otro año más, para que otra persona se pueda encontrar en mi lugar y pueda presentar el cartel procesional del próximo año…
El de este año se trata de un trabajo de Elías Infante Rodríguez, un perote que desde muy pequeño ha estado muy unido a nuestra cofradía, que ha vivido muchas noches del Miércoles Santo en su madrugada junto a sus padres, Miguel y Mari Pepa, colocando flores y poniendo los últimos detalles a nuestros titulares para que estén listos para su salida. Él sabe muy bien nuestra historia, y mediante un diseño gráfico nos la ha trasmitido, desde un pasado a un presente, en el cartel que se mostrará a continuación veréis en una sola imagen 38 años de historia, donde, bajo un manto de estrellas sale a la calle María Santísima del Amor, su manto verde, se ilumina en la oscuridad por el Evangelista San Juan, el cual, procesiona entre los brazos de la Virgen con el antiguo trono, representando así los comienzos de la cofradía. Debajo de él se representa también una figura muy importante en nuestra Semana Santa, como es la de los hombres de trono, y a los lados la luz que resplandece de las velas que portan los nazarenos, al fondo, el cartel se compone de figuras planas, donde se ve desde lo más antiguo, que es el campanario, hasta la nueva verja.
Elías creo que has sabido representar en el cartel la trayectoria de nuestra cofradía sin olvidar ninguna pieza importante del desfile  procesional, por ello y por todo el cariño que se que sientes hacia nuestra hermandad, quiero darte las gracias.
Para finalizar mi presentación, daros las gracias a todos por estar este día tan importante para todos nosotros aquí acompañándonos, por escuchar mis palabras, y antes de despedirme me gustaría que me  acompañase mi padre para descubrirlo.
¡GRACIAS, buenas noches!

 

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PRESENTACION  DEL CARTEL DE AMOR Y SAN JUAN 2011

POR JAVIER DIAZ OCAÑA

Buenas noches.
Agradecer tan bellas palabras a mi presentador. Aunque yo no las merezco. Gracias Salvador.
Soy de los que piensan que las segundas partes nunca fueron buenas. Se bien de lo que hablo.
Antes de nada, pediros a los aquí presente que me disculpéis si los nervios me traicionan, porque aunque esta es mi segunda presentación de un cartel, estoy tanto o más nervioso que la primera, no se si es porque es en el teatro, o será por ser éste el cartel que represente la semana santa de Álora 2011.
Espero no olvidarme de nada, por eso lo primero es el protocolo.
Señor párroco y señor vicario parroquial. Señor alcalde, hermana mayor, hermanos mayores de las distintas cofradías, hermanos todos.
Otro año más, nos encontramos en plena cuaresma, para dar paso a nuestra Semana Santa, nuestra semana mayor. Semana en la cual y aunque apenas nos demos cuenta, expresamos nuestros sentimientos, los nervios se nos disparan, o por lo menos eso me pasa a mi.
La mayoría de los aquí presentes sabéis cuales son mis vínculos con esta cofradía. Me hicieron hermano justo después de contraer matrimonio con la que hoy es nuestra actual Hermana Mayor, Mari Gracia.
No de ahí, me viene el tener que estar hoy aquí. Para los mal pensados. No estoy aquí por mi mujer, ni mucho menos. Ella nunca me lo ha pedido.  Si me dejo caer alguna que otra vez, que le gustaría que lo hiciera. Ahora seguro que esta más nerviosa que yo.
Igual que el hombre que lleva muchos años diciéndome que le haga la presentación de un cartel. Siempre he tenido en cuenta las palabras que me dijiste. Mira que te lo he dicho veces, claro pero antes, el de tus ANIMAS. Muy bien moro, pero me sigues debiendo una.
Hoy ha querido el destino que nos quedemos en paz. Pues aquí estoy Paco, espero no defraudarte.
¿Dónde estas? Seguro que ultimando detalles. Para que todo salga bien. ESPEREMOS.
Otra primavera mas y como dice el refrán, la sangre altera. Se vuelve loco el corazón, desata el amor, el sentimiento y la pasión, sin saber como, ni por que, surge el fervor. Ese que nos hace gritar. Sentirnos superior a los demás. Sin saber como ni por que, de ahí puede nacer una nueva amistad.
Amistad la cual nos une a esta cofradía, la nuestra. La de amor y San Juan. Esa que del verde de sus túnica, siendo o no, parecido, para mi es verde esperanza, porque es lo último que se pierde. Y visto lo visto si mi mujer, no se rinde, yo tampoco.
A ella, mi mujer. A su padre, mi suegro Antonio, a mi hermano Paco, en fin a todos los hermanos de San Juan. Siempre les dije, que yo no pertenecía a esta guerra. Y ahora me siento orgulloso de ser un soldado más. Dispuesto a obedecer ordenes. Esa que el jefe da. El cual solo manda disparar amor. Pues ha logrado convencerme, que la fe mueve montañas.
Junto a nuestro trabajo y humildad, haremos grande nuestra semana santa. Notaremos sus perfumes, con los cuales, nos acribillara el viento, dándonos a respirar, romero y azahar.
Como no sin olvidar, que abril llegará, con sus velas encendías y penitencia en la calle.
Luz de mi corazón, teniendo o no la razón, ésta, nuestra semana mayor, es grande. Gracias, a nuestra devoción, esa que nunca se pierde, esa que aunque no veamos, tenemos… 
¿Quien de nosotros, no es devoto?
¿A quien, aquí en el lugar, no le gusta la semana santa?.
Sea cual sea, su forma de vivirla.
Como dije en mi primera presentación, Cada loco, con su tema.
Mi locura, digámoslo así, es la culpable de que yo esté aquí esta noche. Cuando me comunicaron que yo era el elegido para presentar este cartel, lo tome a broma, si yo lo hago!. Voy a decir esto, lo otro, en fin algo fácil. Pero cuando me puse a escribir, supe que no lo era tanto. Comencé a escribir esta presentación en febrero, mes de carnavales. ¡El que no me conozca que me compre!
Si escuchaba, no escribía, y viceversa.
Por mucho que pensara y me pusiera la mano en el corazón, no me salían las palabras.
¿Qué digo?
¿Cómo será el cartel?
Porque tuve que decir que lo hacia.
Y para colmo el oficial, no paraba de darles vueltas a la cabeza. Así una noche y otra. Hasta que por fin vi el cartel, fue entonces cuando comprendí la responsabilidad que tenia, no ha sido tarea fácil.
Tal vez después me sienta orgulloso de haber sido el encargado de abrir las puertas de esta casa. La de María Santísima del Amor y San Juan Evangelista.
Iglesia de La Encarnación, en el bautisterio.
Allí están todo el año, el cual solo abandonan en Semana Santa, aunque como ahora podrán ver que este año lo han hecho un poquito antes. Para colocarse justo debajo del retablo, donde solo el corazón de cada uno de nosotros sabrá la conversación que en ese momento mantienen nuestros titulares.
¿Nos querrán anunciar algo? Me pregunto.
Como se lo anuncia el ángel Gabriel a María.
Es justo el misterio que hay en el centro del retablo.
Subiendo la mirada a la parte alta del cartel, al igual que en el retablo, La cruz, en ella, Jesús, junto a El nuevamente nuestros titulares.
Veremos a la derecha el escudo del obispado de esa época.
Y como no queriendo aparecer, lo más importante, el sagrario, donde la vida es eterna.
De donde ha salido el alma de la mujer que me ha dado fuerza para hacer esta presentación.
Gracias Ana Mari, sin tu ayuda no lo hubiera hecho.
El cartel que a continuación veremos es una bella fotografía de Mateo García aunque parezca un montaje no lo es.
Antes de descubrirlo, Mateo, perdóname. Se que no he estado a la altura de tu obra de arte.
Por que como dice el refrán una imagen vale más que mil palabras. Muchas gracias.

VIVA SAN JUAN
VIJVA LA VIERGEN DEL AMOR

 

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PRESENTACIÓN DEL CARTEL DE ÁNIMAS 2011

POR FRANCISCO MARTOS GARCIA

NOCHE del Viernes SANTO, todo vuelve a la calma tras el gentío, bullicio, jubileo, cornetas y tambores, cánticos y vivas a los sagrados titulares Dolores Coronada y Nazareno de la Torres durante el acto TRIUNFAL de la DESPEDÍA. Alora se convierte en un pueblo tranquilo y sereno como si nada hubiera pasado; luces apagadas, velas iluminando balcones y ventanas, puertas y persianas cerradas, silencio en las calles; para vivir momentos de recogimiento, fervor y sentimientos cofrades, con el máximo respeto a los sagrados titulares con salida procesional la noche del Viernes Santo.
Autoridades eclesiásticas. Excelentísimas autoridades. Hermano mayor y hermanos mayores de las distintas cofradías de pasión y gloria. Hermanos de las ánimas. Amigos todos.
En primer lugar, agradecer a David estas palabras dedicadas a mi persona y como no, a los hermanos de las AMINAS, por tenerme presente entre ellos, así como el atrevimiento de elegir a este humilde orador que no encuentra palabras para demostrar el honor que siente por estar esta noche aquí.
Pero bueno, ellos lo han querido así, y así será.
 Tras recibir la petición para tal encomienda, en ese momento es como si el mundo se parara, no supe que decir, y lo único que salía de mi boca es que me dejaran unos días para intentar asimilar esta propuesta y pensar si estaría preparado para afrontar tal reto.
Tras varios días dándoles vuelta a mi cabeza, como decir a Nuestra Madre que no puedo dedicarle un tiempo de sacrificio y esfuerzo, porque plasmar en un papel lo que siento por ella no es nada fácil y si además tengo que contarlo en publico pues aun mas.
Por tanto aquí me tienes Virgen de LAS AMIMAS, despojado y sin ataduras, espero que al estar tan cerca de mi, pueda salir de esta complicada y responsable tarea que me has encargado.
Soy Cofrade desde que nací involucrado de pleno en nuestra Semana Santa, gran parte de mi corazón pertenece a San Juan y como bien sabéis también hay cabida para otros titulares de nuestra Semana Mayor.
Estos días próximos serán de alegrías, silencios, penitencia y oración en el que reviviremos la muerte, pasión y resurrección de Jesús convirtiéndose nuestras calles en un templo vivo de oración.
 Por tanto para que todo vuelva a suceder puntualmente cada año, como ya se dijo en este atril: ¡Nos hacen falta muchos cofrades y menos semana santeros!
¡Nos hace falta más compromiso y menos indiferencia!
¡Más juventud y menos incomprensión!
¡Más unión y menos rivalidad!
¡Nos hacen falta menos golpes de pecho y más labor social!
A ser cofrade, no se aprende en ninguna universidad, en ningún libro, o en ningún foro. No solo significa pertenecer a una Hermandad y pagar su cuota simbólica para sufragar gastos. No significa ponerse la medalla, la túnica y salir en procesión delante de nuestros titulares.
Para mí la palabra Cofrade, significa algo más…
 ¡Ser cofrade es sentirse “Nazareno durante todo el año”!
¡Ser cofrade es mostrar la cara y denunciar la injusticia!
¡Es ayudar al oprimido!
¡Es sentirse al lado de tantas familias quien estos momentos está afrontando la situación actual de paro, desempleo, desahucio…
¡Es denunciar la arrogancia y la soberbia!
¡Ser cofrade es mostrarnos en contra de cualquier tipo de violencia y terrorismo!
¡Ser cofrade es dar la mano al que cae en la droga, la apatía o la desesperación!
¡Ser cofrade es además ser CRISTIANO con mayúsculas!
VIRGEN DE LAS ÀNIMAS
 Fue la primera imagen que me se quedo grabada en mi cerebro, recuerdo desde pequeño en la puerta de mi casa, en plena oscuridad, cuando veía de bajar desde la calle ancha una virgen vestida de negro con cara triste y lagrimas en los ojos, un trono pequeño con algunas que otras velas al sonido de un tambor ronco en el aire de la noche.
Esta imagen de Nuestra Madre llena de sufrimiento y dolor por la muerte de su hijo, siempre ha estado presente en mi vida cofrade, nunca borraré esta cara de mi memoria.
A medida que pasa el tiempo en mi vida cofrade tengo la oportunidad de conocer a las personas que hoy en día forman la vocalía de las Animas, junto a los ya no presentes entre nosotros, han hecho posible que Nuestra Madre reciba el respeto y el amor que como Madre se merece, siendo cada vez mas los que nos acercamos con profundo sentimiento, para que nos ayude a salir de determinadas circunstancias que se presentan en nuestra vida.
Los hermanos de la Ánimas han sido el enlace perfecto para incrementar mi amor y devoción hacia ella.
Desde este balcón privilegiado animar a los hermanos de las Aminas a continuar trabajando con mas ganas que nunca si cabe, en todos y cada unos de su proyectos y no dejar que todo lo que habéis luchado y conseguido por Nuestra Madre caiga en abandono, como ya ocurrió hace unas décadas.
Por tanto desde aquí trasmitiros mi apoyo y ayuda de cuantos amamos y queremos a Nuestra Virgen de las Animas, seguro que conseguiremos salir adelante con o sin ayuda de aquellos que no comparten nuestros deseos de tener a Nuestra Madre allá en la cúspide, ¡¡¡ no lo entiendo de otra manera!!!..
Como perote hace cuestión de un año pude hacer realidad uno de mis mayores deseos como cofrade y portador de trono y no era otro que llevar sobre mis hombros a Nuestra Virgen en la totalidad de su recorrido y poder compartir con ella el dolor y sufrimiento recogido en cada unas de nuestras calles y plazas en su paseo triunfal del Viernes Santo, ya que años atrás, debido a la similitud de horarios con la cofradía de la Piedad, de la cual soy cofrade y portador con mas de 16 años continuados no me era posible, tan solo poder realizarlo en alguna que otra parada a la vuelta de su recorrido una vez producido el encierro de la Piedad. En años anteriores fueron fallidos mis intentos por tres años consecutivos debido a la lluvia, pero ya el año pasado deseaba por todos los medios que este se hiciera realidad ya que cada vez era mas la espina clavada en mi corazón por cumplir tal deseo, que llegado la hora me suponía ansiedad el pensar que un año mas no podría cumplirlo.
Después de una semana dura de preparativos en mi cofradía de San Juan, después de un Jueves Santo agotador e incansable y tras vivir la celebración de la Despedía de forma intensa, llega el momento de la verdad.
Llega la hora cumbre, que no es otra que ir a encontrarme con Nuestra Virgen allí en su torre vigía.
Tras subir la empinada cuesta hacia las torres con el nerviosismo en el cuerpo ante el encuentro esperado y con la acumulación del cansancio durante la semana todo cambia tras cruzar la verja y verla allí, hermosa, radiante, majestuosa, preparada para afrontar su cita anual con su fieles.
Tras acercarme a Ella y poder contemplar desde cerca la belleza de su rostro, perfectamente engalanada para la ocasión y poder dedicarles unas palabras de cariño frente a frente sin perder nuestras miradas.
Tras el toque de campana y una salida milimetrada, Ella se adentra en un mar de velas que durante todo su recorrido será su escolta privilegiada y luz de su camino.
Bajada lenta, pausada, silenciosa, con una mecida y paso muy corto, al compás de un tambor ronco por la empinadas calle del barranco, teniendo la luna como único testigo es algo que como cofrade y portador de Nuestra Madre es difícil yo diría casi imposible de explicar si no se ha realizado.
 Devuelta a su templo se produce para mi otro momento inolvidable yo diría casi único.
 No es otro que la subida de calle Ancha hacia las torres.
Tras un leve descanso en el inicio nos preparamos para el último y más duro tramo después de su recorrido magistral.
Al toque de campana todos y cada uno de los portadores con mas ganas que nunca arrimamos nuestro hombro y afrontamos este ultimo tramo con el orgullo de haber estado tan cerca de Ella pero con la pena y el dolor que hasta el próximo año, si Ella lo dispone así, no volveremos ha repetir tal cúmulo de sentimientos.
Para mi en un momento imposible de transmitir y contar cuando debajo de su manto, lleno de plegarias y peticiones no veo nada, tan solo la silueta de su cuerpo, un reflejo de la luna a través de su corona, el crujido de los várales, el redoble de un tambor y una voz que dice: hasta arriba con Ella señores, sin paradas, como sabemos hacerlo, paso corto y palante; es algo único que hay que vivirlo y sentirlo para saber de que estoy hablando.
Ya justo en mitad del recorrido de subida y como si saliera del cielo se escucha un voz ronca “¡¡¡Viva la Virgen de las Animas!!!, ¡¡¡ Viva la Abandona!!! ” así una y otra vez hasta llegar su templo.
Justo antes de la última cuesta y en la mitad de la curva de Pasos Largo, el trono se para al filo del precipicio, sin dejar de mecerse, como si Ella no quisiera terminar su recorrido.
Ya en su templo y tras dar las gracias por dejarme compartir este momento con Ella, me llevo como recompensa su cariño y el regalo de una flor.
ASI LO HE VIVIDO Y ASI LO HE PODIDO CONTAR.
Ha llegado la hora de desvelar el secreto mejor guardado esta noche y por primera vez en Nuestra iglesia parroquial vamos a presentar el Décimo Sexto Cartel anunciador de la salida procesional de María Stma. De las ÁNIMAS.
Ha primera vista yo diría que se trata de un cartel “sencillo e impresionante”.
 SENCILLO porque en el sólo existe un elemento fundamental y único “ELLA” Nuestra Virgen de la Animas y su nombre por si hay duda.
IMPRESIONANTE porque el autor del cartel, nuestro cofrade y colaborador insaciable David Aranda, al igual que en otros carteles de años anteriores, ha conseguido con su profesionalidad y destreza realizar una instantánea perfecta del rostro de Nuestra Madre en el cual se pueden apreciar todos y cada uno de sus rasgos, como su belleza, serenidad, tristeza y dolor, sus lagrimas convertidas en cristales transparentes, su mirada profunda y perdida; en definitiva…
Con ELLA llega la luz y se van las penas y la oscuridad.
Con ELLA llega la fe, la esperanza, el ánimo, la persistencia, el sacrificio, la voluntad…
En resumen llegan valores que se están perdiendo en la sociedad actual y que son necesarios recuperar y quien mejor que ELLA, Nuestra Virgen de la Animas para trasmitírnoslo y enseñárnoslo que ante la muerte de su hijo perdonó y amó por encima de todo.
Por tanto decirte por último que solo mírate aquí a mi derecha, o en este magnífico Cartel, hace que un nudo de emoción me apriete la garganta y me pida que te grite con todas mí fuerzas:
¡¡¡¡VIVA LA VIRGEN DE LAS ÁNIMAS!!!
Muchas gracias a todos por su asistencia y buena Semana Santa.

 

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PRESENTACION DEL CARTEL DE AMOR Y SAN JUAN 2010

POR GABRIEL RAMOS GONZALEZ

Excelentísimo Sr. Alcalde,
Miembros de la Corporación Municipal, Sacerdotes de Nuestra Localidad, Hermana Mayor, Hermanos Mayores de Nuestras Hermandades, Cofrades, Familiares y Amigos, Señoras y Señores.

Buenas noches.

Ante todo, darles las gracias por su asistencia a este importante acto para nuestra Cofradía y que, junto a las presentaciones de otras hermandades locales, significa la antesala de nuestra Semana Santa.
Este año, por decisión de mi Cofradía, he sido nominado para la presentación del cartel de Amor y San Juan, lo que he aceptado sin dudarlo, aún a sabiendas de que este hecho supone, por definición, un enorme compromiso, teniendo en cuenta el elevado nivel en el que lo han colocado todos mis antecesores.
Para los que no me conozcan, les diré que soy malagueño de pura cepa. Nací, hace ya unos cuantos años en el barrio de la Victoria, barrio de una profunda tradición cofrade y de gran abolengo por las procesiones que salen de El Santuario de la Victoria y de otras iglesias. Este hecho, junto a la herencia recibida de mi madre que me inculcó el amor y devoción hacia la Semana Santa, despertaron en mí el gusanillo hacia esta extraordinaria celebración religiosa y popular.
Recuerdo mi primera salida como nazareno en el Cristo de la Buena Muerte y posteriormente, durante mis estudios en la Escuela de Peritos e Ingenieros Técnicos Industriales, llevando el trono de El Cristo de la Agonía junto a mis compañeros de promoción. Son vivencias y momentos que no se olvidan si se hacen con fe y devoción.
Aunque, por motivos profesionales he residido en Madrid hasta hace poco tiempo, año tras año, toda mi familia hemos venido a Málaga y a Álora para vivir la Semana Santa.
Cuando digo Álora, no puedo dejar de referirme a que estoy casado con una “Perota”, Inés Martos, hermana de Juan Martos, uno de los hermanos pioneros de Amor y San Juan, junto a los fundadores de la misma, Antonio Calderón y Alfonso Pérez Almodóvar, y tía de Francisco Martos, hasta hace poco, hermano mayor de nuestra cofradía y, actualmente, Teniente Hermano Mayor.
Es obvio entender las razones por las que pertenezco a Amor y San Juan.
Pero, no es sólo el vínculo familiar lo que me une a esta cofradía.
El equipo humano que la constituye, que podemos definir como una amalgama de gente joven y madura, siempre me ha impresionado por su iniciativa, tesón, ilusión, entusiasmo y dedicación plena, sin regatear esfuerzos, con el objetivo primordial de una mejora continua de nuestra hermandad y, en consecuencia, el de aportar un pequeño “granito de arena” al engrandecimiento de la Semana Santa de Álora, dentro de nuestra modestia y de nuestros recursos, siempre en consonancia con nuestra trayectoria y evolución.
Como resumen de ello, no me equivoco al decir que tenemos las ideas claras de lo que somos y a donde vamos. Sin prisas, pero con paso firme.
Nuestro desfile procesional va perfilándose, año a año y así tiene que ser, como un desfile serio y organizado, sin olvidar el espíritu cofrade que siempre nos preside.
Cuando Amor y San Juan se procesiona cada Jueves Santo, se producen algunas escenas y hechos que son típicos de nuestro itinerario y parte esencial de nuestro desfile, que siempre han llamado mi atención. Permítanme que les comente algunos:
- La proyección de la silueta de la Cruz de nuestro trono en la pared de la calle Algarrobo cuando dobla hacia la calle Zapata y que se origina por efecto de la iluminación de un farol.
- El saludo de nuestro trono a Nuestra Señora de la Piedad, al llegar a la Iglesia de la Veracruz.
- El esfuerzo de los hombres de trono al subir de un tirón las cuestas de las calles de Atrás y Peligros, animándose con las voces de “Arriba Amor y San
Juan”.
- La llegada a la Plaza de la Fuente de Arriba con el trono levantado y con la banda tocando en “Son de piano”, mientras se canta una saeta desde el balcón del Ayuntamiento.
- La llegada de madrugada a la Plaza Baja y que, tras dar una vuelta a la misma y con el acompañamiento final y continuo de la banda, se produce el encierro con la mayor meticulosidad, seriedad y orden.
Y por último
- Situados nuestros titulares en el interior de la Iglesia de la Encarnación, donde la gente se afana por conseguir alguna flor de nuestro trono como un recuerdo fervoroso.
Como es obligado, quizás pecando de repetitivo y como un hecho tradicional en nuestras presentaciones, debo resaltar el buen hacer de nuestros cofrades:
- Nuestra hermana mayor, Mari Gracia Calderón, siempre al pie del cañón, aportando continuamente nuevas ideas.
- Antonio Calderón, eje y pulmón del día a día de nuestra hermandad.
- Mi sobrino Francisco Martos, pilar básico de nuestra cofradía y extraordinario mayordomo de trono.
- Lina, Diego, Manolo, Miguel, Lola y María Isabel, involucrados en mil y un temas, detalles y proyectos, poniendo su toque final en todo lo que haga falta.
- Sebas y Salva, pasado y presente, en la buena trayectoria y funcionamiento de la banda de cornetas y tambores.
- Mi sobrino Juan Jesús intentando siempre con su mejor voluntad poner orden entre los nazarenos mas pequeños.
A ellos, a los componentes de nuestra banda de cornetas y tambores, a todos los hermanos y colaboradores de Amor y San Juan, así como mi mas sincero recuerdo a los que ya no se encuentran entre nosotros, agradecerles su extraordinaria dedicación y ayuda.
Y finalmente, El cartel, motivo principal de este acto.
Este año tenemos el enorme placer de presentar hoy y aquí, el cartel realizado por Fernando Wilson Ruiz, persona de un enorme prestigio profesional, graduado en Artes y Oficios.
Aplicados en la especialidad de talla en madera y diseño publicitario en la Escuela de Artes y Oficios de Málaga.
Desde el año 1987 viene participando con sus obras en diversas exposiciones de carácter nacional consiguiendo un gran número de premios y nominaciones.
Desde el año 1995, ininterrumpidamente, viene diseñando, coordinando y correalizando, El Belén Municipal, el Júa de la Verbena de San Juan y El Boquerón del Carnaval, así como diferentes decorados, cartelería y escenarios e imágenes gráficas para el Área de Cultura del Ayuntamiento de Málaga.
Hoy, tras la solicitud que a él hicimos por parte de Francisco Martos, primero y posteriormente por nuestra hermana mayor Mari Gracia Calderón, nos ha ofrecido, tal como reza en la dedicatoria “Por Amor” (Uniendo en un sencillo juego de palabras su razón con nuestro lema Amor y San Juan), la realización del cartel de nuestra cofradía para la Semana Santa 2010.
Fernando Wilson está vinculado a nuestra cofradía y a nuestro pueblo ciertamente por amor, está casado con Trini Torres Rodríguez, perota, hija de Dolores Rodríguez Márquez, de extraordinario recuerdo para nosotros, ya que fue camarera de la Virgen de Flores y abnegada colaboradora, junto con su familia, en conseguir todo lo mejor para la Semana Santa de Álora.
El cartel es de fácil comprensión y entendimiento y casi de innecesaria explicación a través de la palabra, no obstante comentaré lo siguiente:
El original que veremos a continuación es una pintura al óleo sobre tela, de técnica clásica en cuanto a su ejecución.
El artista ha tenido esta deferencia y esfuerzo con la intención de dejar esta obra en la cofradía más allá en el tiempo de la utilidad propia y temporal que tienen los carteles impresos.
Rezan en el cartel: Amor y San Juan y Semana Santa de Álora 2010, este es todo el texto principal, en blanco y con una tipografía sencilla y manual que encabeza toda la imagen.
Y la imagen es la Virgen coronada, protagonista sin duda, pero sin olvidar a sus hijos todos, a Jesús, representado simbólicamente en la cruz, puesto que la cruz es Cristo. Y a sus otros hijos, todos nosotros, representados en San Juan, el joven discípulo, el discípulo amado, que es entregado a la Virgen con estas palabras “Madre ahí tienes a tu hijo, hijo ahí tienes a tu madre”.
La imagen de la virgen coronada irradia en tonos dorados y tostados. La majestad que imprime la corona, es también la corona áurea el resplandor no visible del alma pura, la luz espiritual que guía materializada en dos de los elementos más nobles de lo perceptible, el oro y el sol. Toda esta luminosidad rodea el rostro de la Virgen madre que sufre y ama (Amor), atrayéndonos a través de su dulce y tímida mirada hacia sus manos que suavemente extiende a todos.
Me queda agradecer y felicitar a Fernando Wilson por este extraordinario cartel y solicitarle me acompañe al escenario para desvelar nuestro secreto mejor guardado.
Amigos, eso es todo. Darles nuevamente las gracias por su presencia a este acto y que tengamos y podamos celebrar juntos una extraordinaria Semana Santa en Álora.

Viva Amor y San Juan!!!!

Muchas gracias.

 

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PRESENTACIÓN DEL CARTEL DE ÁNIMAS 2008

POR  FRANCISCO JAVIER DÍAZ OCAÑAPortador de trono de Amor y San Juan

          Tardé bastante en asumir la frase “yo lo hago”; era mucho más que una frase, más que un compromiso, es dar alas a mis sentimientos para que todos ustedes sientan lo mismo que yo.
Quiero recordar que mi vida cofrade empezó como la de todo niño en el pueblo, corriendo detrás de paracas, de legionarios, la banda del maestro Aguilar y Rueda. El Señor de las torres, la Virgen de los Dolores. ¿”Quién ha ganao la Despedía” . En fin, como todos.
Ahora, ¿quién no sabe qué tengo que estar arrimando el hombro en San Juan?...me siento orgulloso de que el destino me llevara a esta cofradía.
En ella he aprendido muchas cosas… ¿quién no se acuerda, porque no hace tanto tiempo, cuando a esta cofradía le pusieron Juan “Cojones”?
Todos, aquél Jueves Santo, fuimos de San Juan y este año tendremos que serlo, ya todos sabemos el porqué.
También les he dicho a unos amigos míos que llevan muchos años luchando por el Cristo de la Columna y que cada día ven  su sueño más cercano, que aquí tienen un hombre para portar la Cruz Guía. Lo hice el año pasado y me gustaría seguir haciéndolo.
En esta parte de mi vida, y casi con la misma edad, 8 ó 9 años, le solía decir a mi abuela que me llevara a lo alto del  Camino Nuevo para ver a esa Virgen que iba sola, en silencio y rodeada de hombres.
Del clamor y la alegría de la “Despedía” paso al silencio más profundo, al respeto más sincero, al dolor más “sentío”  y al saber que tengo que acompañar a una MADRE en su camino más sufrido; porque yo soy de los que piensan que una madre nunca debería de enterrar a un hijo.
Con el paso de los años va creciendo dentro de mí la devoción hacia nuestra Madre.
De lo alto del Camino Nuevo paso a ir con mi vela, hasta que una noche, en la plaza, consigo llevarla sobre mis hombros.
Ahí comenzaron mis roces con uno de los hermanos más mayores de nuestra casa, por no decir el mayor. De su mano vi por primera vez a nuestra Virgen cara a cara, de frente.
-Ahí la tienes. ¡Tócala! Dile algo.
Desde ese momento empiezo a sentir algo dentro de mí, algo que me lleva cada noche a quedarme “dormío” “agarrao” a dos medallas que tengo colgadas en el cabecero de mi cama.
Después de rezar un Padrenuestro y un Avemaría, eso sí, a mi manera, comenzaba a hacerle preguntas: ¿estás aquí?, ¿me escucha?
Pero nunca recibía respuesta.
…La siento tan cerca de mí que parece que está sentada a los pies de  mi cama.
Tuve el valor de hacerle una pregunta aún sabiendo que diría la verdad, tanto para bueno como para malo. Y contestó. ¡Bueno si contesto!
Me estuvo dando esperanza mientras hubo vida. Me fue preparando para lo que se me aproximaba. Me explicaba que no había remedio y que la vida continuaba. Es duro pero es así. A finales del pasado mes de Enero hacíamos las paces.
Quizás el destino, ayudado por ella, sea el culpable de que yo esté esta noche aquí para presentar este nuestro décimo cartel de Semana Santa.
En él podemos apreciar una bonita estampa de nuestra Madre observando a su familia, a su pueblo, a sus hijos.
La fotografía está realizada por Pedro Pérez Muñoz, hombre que ha hecho carteles para muchas cofradías y que actualmente colabora en la revista Nazareno de las Torres. Decir también que su mujer y su hija son muy devotas de nuestra Virgen de las Ánimas.
En este cartel podemos observar el perfil más bonito de la vida. La mirada más profunda. Las lágrimas más “sentías”, las que derrama una Madre al caer el día.
Me da igual que llueva, que salga o no.
Yo siempre haré lo que me dicte el corazón.
Corazón que sabe que he de estar con ella.
        Porque ella es mi madre
Me crean o no, siempre estará a mi vera

                                          MUCHAS GRACIAS.

 

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